Por José Luis Preciado
En un artículo reciente, el analista geofinanciero Fran de Olza explica que lo que estamos presenciando hoy con la irrupción de las tecnologías de registro distribuido no es una anomalía financiera, sino la decimoquinta iteración de un drama económico que se repite desde la Baja Edad Media, solo que esta vez, el tablero en juego es el sistema financiero global en su totalidad. La historia de Jakob Fugger y su audaz apuesta por la ruta de la pimienta frente al monopolio veneciano no es un mero capítulo del Renacimiento, sino el arquetipo perfecto de la lógica competitiva que ahora amenaza con reconfigurar el mapa del poder bancario.
La dinastía Fugger no fue una sola familia, sino que se dividió en dos ramas principales surgidas de los hijos del fundador Hans Fugger: los «Fugger del Ciervo» (que quebraron en 1499) y los «Fugger del Lirio», que fueron los que construyeron el colosal imperio bancario y minero. Esta segunda rama tuvo como figuras clave a Jakob Fugger el Viejo (fundador), Ulrich Fugger (quien afianzó la relación con los Habsburgo), el legendario Jakob Fugger «el Rico» (el más poderoso, que financió la elección de Carlos V) y su sobrino Anton Fugger, quien mantuvo el apogeo. Lejos de desaparecer, la familia evolucionó hacia la nobleza y aún hoy perdura en tres linajes aristocráticos alemanes: los Fugger von Kirchberg und zu Weissenhorn, los Fugger von Glött y los Fugger-Babenhausen, que residen en sus castillos en Suabia, cerca de Augsburgo.
Para comprender la magnitud de la sacudida actual, es menester viajar al siglo XV, cuando el imperio comercial de Venecia se sostenía sobre el control de la ruta de la pimienta. No porque los venecianos cultivaran la especia, sino porque su flota y su red diplomática les permitían cobrar un peaje por cada grano que transitaba desde la India hasta el Mediterráneo, engrosando una cadena de intermediarios —sultanes, mercaderes árabes, agentes levantinos— que encarecía el producto hasta convertirlo en un bien casi tan valioso como el oro. Fue entonces cuando Jakob Fugger, el banquero de Augsburgo cuya fortuna llegó a representar el 2% del PIB europeo de la época —una cifra que, ajustada a la actualidad, superaría los 400 mil millones de dólares—, comprendió una verdad fundamental: el dinero real no reside en controlar la fricción, sino en eliminarla. Al financiar la expedición portuguesa que halló la ruta marítima hacia la India, Fugger no solo obtuvo una ganancia neta del 175%, sino que sentó un precedente imborrable: había borrado de un plumazo geográfico a todo el aparato comercial veneciano. La eficiencia estructural de la nueva ruta convirtió a la Serenísima República de importadora a exportadora de pimienta, demostrando que la tecnología, en su sentido más amplio, es el cuchillo más afilado para seccionar los nudos de la intermediación.
El acierto de de Olza es señalar el mecanismo concreto: quien corta el intermediario primero se queda con el mercado. Pero ese mecanismo, por certero que sea, adquiere una densidad histórica aún mayor cuando se examina a la luz de la obra de Immanuel Wallerstein, el teórico de los sistemas-mundo. Wallerstein explica por qué ese mecanismo funciona y por qué su repetición a lo largo de los siglos no es un accidente, sino la lógica interna del capitalismo. Para el autor de El moderno sistema-mundo, el episodio de los Fugger y la pimienta no es un hecho aislado, sino una pieza de un engranaje mucho mayor: la emergencia, en el siglo XVI, de una economía-mundo capitalista que por primera vez en la historia operaba bajo el principio de la acumulación incesante de capital como prioridad estructural. Wallerstein sostiene que lo que distingue al capitalismo de todos los sistemas históricos precedentes no es la producción de mercancías, la búsqueda de beneficios, el trabajo asalariado o la alta tecnología —elementos que él denomina «protocapitalismo» y que existían en imperios anteriores—, sino la conversión de la acumulación en un fin en sí mismo, desprovisto de frenos morales o políticos. Y esta transformación no fue un «milagro» europeo, como suelen presentarlo las narrativas tradicionales, sino el resultado de una coyuntura excepcional: el colapso simultáneo, en el siglo XIV y XV, de los señores feudales, los Estados, la Iglesia y el imperio mongol, que abrió una grieta en el antiguo orden por la que el capitalismo se «coló» para desgracia de todos, según la provocadora tesis de Wallerstein. Lo que De Olza describe como una hábil jugada empresarial —la apuesta de Fugger por la ruta atlántica— fue también, en la lectura wallersteiniana, un movimiento sistémico que solo pudo prosperar porque el contexto geopolítico lo permitía: el centro de gravedad del comercio mundial se estaba desplazando del Mediterráneo al Atlántico, y la red aristocrática que estaba detrás de los Fugger supo leer esa corriente antes que sus rivales.
Esta perspectiva sistémica enriquece el análisis: la caída de Venecia no fue solo la derrota de un monopolio ante una ruta más eficiente, como De Olza narra con precisión, sino también el síntoma de una reestructuración profunda del sistema-mundo. El eje Venecia-El Cairo no desapareció, sino que dejó de ocupar el centro del escenario cuando el sistema se reorientó hacia el Atlántico. Sin embargo, es crucial precisar que, en la periodización de Wallerstein, el nuevo centro hegemónico no fue Augsburgo, sino Amberes durante el siglo XVI, antes de que el centro se desplazara definitivamente a Ámsterdam en el siglo XVII. Augsburgo fue un polo financiero clave —un nodo semiperiférico que conectaba el Mediterráneo con el norte de Europa— pero no el nuevo núcleo del sistema-mundo. Los Fugger, como banqueros de los Habsburgo, fueron actores fundamentales en esa reconfiguración, pero su poder estaba ligado al del emperador y decayó con el declive de los Habsburgo, precisamente cuando el centro económico se trasladó al noroeste de Europa. El «corte» de intermediarios que narra De Olza fue, desde la óptica de Wallerstein, no solo una optimización logística, sino también un movimiento de expansión y reconfiguración de la periferia que redefinió quién producía qué y en qué condiciones. En esa reconfiguración, los Fugger no eran genios solitarios que operaban en el vacío, sino agentes de una ciudad que ocupaba un lugar estratégico en la semiperiferia del sistema, capitalizando el giro atlántico con una red de información y financiación que abandonó el epicentro veneciano.
Esta misma lógica, que ha guiado la destrucción creativa de las postas frente al ferrocarril o de los mensajeros frente al telégrafo, encuentra en la banca contemporánea su campo de batalla más complejo. La cadena de valor del sistema actual, con sus pagos transfronterizos que encadenan bancos corresponsales en Manila y Frankfurt, es un monumento a la ineficiencia donde cada eslabón cobra su comisión y añade su demora. Los costes de estos pagos pueden superar el 11% del valor de la transacción para los consumidores, una cifra que representa el peaje moderno, tan parasitario como el que exigían los sultanes otomanos. Sin embargo, la paradoja que desafía el relato convencional sobre la disrupción digital es que los principales impulsores de este cambio no son los criptoentusiastas, sino las propias instituciones que tienen más que perder. Según datos del Banco de España, el Fondo Monetario Internacional (FMI) supervisa un mercado global de pagos transfronterizos de 190 billones de dólares, de los cuales el segmento mayorista, el corazón de la banca entre instituciones, representa 146 billones. Es en esta sangre financiera donde la fricción es más costosa y, por tanto, donde el incentivo para la cirugía es mayor.
Aquí la teoría de Wallerstein no solo no contradice el diagnóstico de De Olza, sino que lo dota de una advertencia profética que el propio De Olza ya intuye cuando señala que la eficiencia deriva en concentración de mercado. El sistema-mundo capitalista no se organiza en torno a la competencia perfecta, sino en torno a cuasi-monopolios: la división axial del trabajo distribuye la producción entre zonas centrales, donde los procesos están controlados por cuasi-monopolios y son altamente rentables, y zonas periféricas, donde la producción es competitiva y los márgenes de beneficio son reducidos. Esta desigualdad se mantiene mediante el intercambio desigual: una hora de trabajo en el centro compra más horas de trabajo en la periferia que a la inversa, y los Estados centrales utilizan su poder político para garantizar que los flujos de excedentes se dirijan hacia ellos. Lo que los bancos están haciendo ahora, al adoptar tecnologías de registro distribuido, no es «democratizar» nada, sino reconfigurar su posición en la división del trabajo financiero, exactamente como hicieron los Fugger al facilitar el giro atlántico.
Desde la lógica inherente a la línea de investigación de historia revisionista impulsada por el larouchismo a través de su revista Executive Intelligence Review, los Fugger no serían una familia de banqueros independientes que aprovecharon el cambio de los tiempos. Fueron los banqueros de los Habsburgo, y los Habsburgo —en esta lectura— fueron los instrumentos de una facción ultramontana vinculada a Venecia. Por tanto, los Fugger formaban parte de la cadena de mando de esa facción, cumpliendo el rol de proveedores de liquidez para una estrategia geopolítica que buscaba destruir el Estado-nación, imponer la guerra religiosa y controlar el naciente imperio atlántico en beneficio de una oligarquía monetarista oculta. Su papel en el giro atlántico no fue una mera jugada comercial, sino la ejecución financiera de una orden geopolítica que la aristocracia europea canalizó a través de los Fugger como los contables y financistas de esa operación.
Habiendo identificado el patrón histórico, resulta evidente que en el mundo actual, el banco que migre primero a la liquidación instantánea no va a eliminar el intercambio desigual; va a concentrar los cuasi-monopolios en manos de quienes puedan operar con la estructura de costes más baja y la mayor capacidad de fijar las reglas del juego. De Olza llega a esta conclusión desde la observación empírica de los incentivos bancarios; Wallerstein la fundamenta en una teoría de larga duración que muestra que el capitalismo siempre tiende a la concentración, y que cada «revolución tecnológica» no hace sino renovar ese impulso centrípeto.
La arquitectura de la solución ya está siendo esbozada por organismos de peso como la Agencia de Ciberseguridad de la Unión Europea (ENISA), que en sus documentos sobre activos digitales describe un futuro donde los sistemas de liquidación bruta en tiempo real (RTGS) operan sobre arquitecturas de registro distribuido, con los bancos centrales como autoridades de aprovisionamiento y las entidades de primer nivel como nodos validadores. Lejos de ser una especulación académica, se trata del plano de una infraestructura que ya se está construyendo, y su atractivo no reside en ninguna utopía democratizadora, sino en la fría aritmética de la competitividad. Consultoras como McKinsey han cuantificado que la adopción de blockchain en la financiación de facturas podría reducir las ratios coste-ingreso en 15 a 20 puntos porcentuales, o que una mejora del 1% en eficiencia en procesos de compliance y KYC generaría ahorros anuales de 1.550 millones de dólares para los gestores de activos. La brecha global en financiación del comercio, que alcanza los 2,5 billones de dólares, es el síntoma más doloroso de un sistema que se ha vuelto demasiado obsoleto para satisfacer la demanda.
Este movimiento de reconfiguración no ocurre en el vacío. Desde 2025, Basilea III ha elevado el oro físico asignado al estatus de activo de liquidez de Nivel 1, equiparándolo a efectivo y bonos soberanos en el balance de los bancos. Al mismo tiempo, la Oficina de Contabilidad del Gobierno de Estados Unidos reportó en junio de 2026 que la deuda pública estadounidense ha superado temporalmente el tamaño de su economía, con los costes de interés superando ya el gasto en defensa nacional. La deuda, que era de 18,2 billones en 2015, ha crecido hasta casi los 40 billones actuales. No se trata de una predicción de colapso, sino de la descripción del terreno sobre el que los bancos están decidiendo su estrategia de supervivencia. En paralelo, el 91% de los bancos centrales exploran activamente monedas digitales soberanas, y la DTCC —que custodia 114 billones de dólares— ha iniciado en julio de 2026 sus primeras operaciones de tokenización de valores. La nueva arquitectura monetaria no será más democrática; será más rastreable, más controlable y, por tanto, más centralizada. Pero también será más eficiente para quienes sepan operar en ella.
Llegados a este punto, la pregunta que desnuda la hipocresía del debate es la siguiente: si estas tecnologías son una amenaza, ¿por qué los grandes bancos están adoptándolas con tanto sigilo? La respuesta, tan cínica como brillante, es que no lo hacen para democratizar el crédito, sino para sobrevivir en un ecosistema donde el que migre primero a la liquidación instantánea liberará capital inmovilizado, reducirá sus costes operativos y podrá ofrecer precios que sus competidores, anclados en la tecnología legacy, no podrán igualar. Esta es la dinámica que convirtió a Venecia en un museo, a Amberes en el centro financiero del siglo XVI, a Ámsterdam en el epicentro del XVII, a Londres en el del XIX y a Wall Street y la City de Londres en el del XX. La historia de los centros hegemónicos es la historia de quienes supieron cortar la cadena de intermediación antes que sus rivales, y la tecnología digital no será una excepción a esa regla.
La eficiencia no es una virtud moral; es una posición competitiva que deriva inevitablemente en una concentración de mercado feroz. La teoría wallersteiniana añade una dimensión adicional a esta advertencia: en tiempos de estancamiento económico, cuando la competencia se intensifica y la rentabilidad cae, las empresas capitalistas tienden a mantener su capital acumulado en forma monetaria en lugar de invertirlo en activos fijos, aumentando la oferta de dinero y transfiriendo grandes sumas de riqueza desde los sectores no financieros hacia los tenedores de capital financiero. Cada fase de expansión financiera de un régimen de acumulación dominante crea, a su vez, las condiciones para la reestructuración fundamental de ese régimen; el nuevo régimen dominante surge de la crisis estructural del precedente. La banca que emerge de esta disrupción no será más democrática, sino más centralizada: unos cuantos gigantes, ágiles y despojados de la grasa de los intermediarios, devorarán a aquellos que se aferren a la estructura de costes del pasado. La lección de Fugger, que De Olza narra con maestría, y que Wallerstein eleva a categoría sistémica, es clara y brutal: en la guerra de los márgenes, el banco que no se atreva a cortar su propio corazón financiero no solo condenará sus activos, sino que será expulsado de la división del trabajo que define el centro del sistema-mundo financiero. Y el resultado no será más competencia, sino la consolidación de un nuevo cuasi-monopolio digital, tan desigual como el veneciano y los que le sustituyeron.
Fuentes consultadas
Fran de Olza, Los Bancos que Sobrevivan a Esta Década No Serán los Más Grandes. Serán los Más Rápidos en Cortar Intermediarios. 11 de julio de 2026.
De Olza. La Historia que los Bancos Centrales No Quieren Que Leas: Cuatro Etapas hacia el Reinicio Monetario. 12 de julio de 2026.
Immanuel Wallerstein, El moderno sistema-mundo, vol. 1: *La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI (1974).
Wallerstein, World-Systems Analysis: An Introduction (2004).
Pierre Beaudry. Peace of Westphalia: France’s Defense of The Sovereign Nation. EIR Volume 29, Number 46, November 29, 2002.
Lyndon H. LaRouche, Jr. Religion and National Security: The Threat from Terrorist Cults. September 5, 2003 issue of Executive Intelligence Review.
Lyndon H. LaRouche, Jr. What Makes Sense? December 17, 2010 issue of Executive Intelligence Review.
Lyndon H. LaRouche, Jr. Fascism and State-Based Religion. April 3, 2005.
Martin, Vance S., «Digital Systems Analysis» (2009) — aplicación de la teoría de Wallerstein al mundo digital.