Oscuro Claro
Mientras los líderes de la OTAN se congregan en Ankara para anunciar un arsenal de miles de millones, el analista ruso Dmitri Trenin advierte que la alianza, en su tercera encarnación, ha abrazado la guerra total como principio y la autodestrucción como destino.

Por Mente Alternativa

El columnista Dmitri Trenin, presidente del Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia (RIAC), publicó recientemente en RT un análisis escalofriante sobre la cumbre de la Alianza Atlántica, en el que sostiene que la organización ha entrado en su «Tercera Edad» con un propósito que trasciende la disuasión para abrazar la aniquilación del adversario. Lo que durante la Guerra Fría era impensable, escribe Trenin, se ha convertido en el objetivo declarado de una Europa que, por primera vez desde 1945, se perfila como un enemigo frontal y sin complejos de Rusia, en una contienda donde el uso del arsenal nuclear ya no es una hipótesis remota sino una posibilidad inscrita en la lógica del conflicto. El diagnóstico del analista, publicado en medio del fragor de una cumbre que ha puesto los reflectores sobre los multimillonarios contratos de la industria bélica, resuena con la cruda realidad de unos líderes europeos que, según Trenin, han decidido que la «solución final» al «problema ruso» pasa por su destrucción como potencia, un desvarío estratégico que, de consumarse, implicaría el fin de la propia OTAN. Mientras tanto, en la Asamblea General de la ONU, y en las calles de Qom, se escuchan las voces de una mayoría global que clama por el desarrollo y la paz, en un contrapunto mudo a la sordera belicista de las capitales occidentales.

La metamorfosis de la Alianza, según la lógica de Trenin, ha sido gradual pero implacable. Su primera edad, la de la contención, fue defensiva y estable; la segunda, la de la expansión post-soviética, fue ofensiva y desestabilizadora, con la guerra en Serbia y las incursiones en Afganistán como hitos de un intervencionismo que desbordaba su mandato original. La tercera edad, bautizada por algunos estrategas como OTAN 3.0 y adoptada como dogma en la cumbre de Ankara, es la de la guerra abierta por delegación y la movilización económica total contra Rusia. Esta nueva fase, impulsada por la presión de Donald Trump para que los europeos asuman el peso de su propia defensa, ha sido recibida con entusiasmo por unas élites que ven en el rearme no solo una respuesta a una amenaza percibida, sino un motor para relanzar sus deprimidas economías y un pegamento ideológico para una Unión Europea fracturada. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, no oculta este giro industrial, alardeando en Ankara de que los nuevos contratos armamentísticos generarán «cientos de miles de empleos, desde Arkansas hasta Ankara», una declaración que subraya cómo la defensa colectiva se ha transmutado en un negocio transatlántico de colosales dimensiones.

El escenario que describe Trenin es el de una Europa que, empujada por una rusofobia atávica y una peligrosa ausencia de cultura estratégica, ha abrazado una narrativa de victoria total sobre Moscú, alimentada por la fantasía de que los drones de largo alcance y los misiles proporcionados a Ucrania se convertirán en el «arma milagrosa» que doblegará a Rusia «de una vez por todas». No se trata de retórica vacía: en Ankara, la Alianza ha puesto en marcha la iniciativa Drone Edge, un programa que inyectará más de 40.000 millones de dólares en capacidades de aeronaves no tripuladas y contramedidas en los próximos cinco años, mientras se compromete a formar cinco veces más operadores de drones para sus fuerzas armadas antes de que finalice 2027. Como ha reconocido el propio Rutte, los drones «han cambiado fundamentalmente la naturaleza de la guerra moderna», y la tecnología actual permite controlarlos desde prácticamente cualquier punto del planeta, difuminando hasta la irrelevancia la frontera entre la guerra por delegación y el combate directo. Este es el verdadero rostro de la OTAN 3.0, que en su bautismo de fuego en Ankara ha anunciado la compra de aviones de vigilancia GlobalEye por 5.000 millones de dólares, la producción conjunta de misiles ATACMS en Alemania, la creación del NATO Front Door for Industry y el NATO Engine como mecanismos para engrasar la maquinaria transatlántica de producción bélica, y un nuevo banco de defensa global impulsado por Canadá, una maquinaria que Rutte defiende como «dinero bien gastado» y una muestra de que la alianza es «sostenible» para Estados Unidos.

Los compromisos adoptados en la cumbre son de una ambición sin precedentes. Los miembros de la Alianza se han comprometido a elevar el gasto militar al 5% del PIB para 2035 —3,5% para requisitos básicos de defensa y 1,5% para partidas relacionadas—, con la única y significativa excepción de España, que ha rechazado el aumento y ha sido calificada por Trump como «irremediablemente inútil» y «gente mala», un desaire que revela las fisuras internas de un bloque que se presenta como monolítico pero que en realidad se sostiene a punta de látigo desde Washington. Doce países de la OTAN, entre ellos la propia España pese a su negativa al 5%, han lanzado un proyecto conjunto sobre materiales básicos de importancia militar que abarca su adquisición, almacenamiento y gestión, mientras que once miembros han acordado la creación de una flota compartida de aviones de transporte militar Airbus A400M bajo el concepto de «unificación y uso compartido». La declaración final de la cumbre, que apenas ocupa seis puntos, consagra a Rusia como una «amenaza a largo plazo» para la seguridad euroatlántica y eleva la apuesta al institucionalizar a Ucrania como un miembro de facto de la Alianza sin concederle la membresía formal —una categoría híbrida que permite a la OTAN delegar la guerra sin asumir plenamente sus riesgos— al afirmar que «Ucrania contribuye a la seguridad transatlántica» y garantizar 7.000 millones de euros anuales para Kiev en 2026 y 2027, con la mayor parte del costo asumida por los miembros europeos y Canadá. No es casual que China haya sido deliberadamente excluida del documento, un silencio que habla de una estrategia de concentración de fuerzas contra Moscú mientras el tablero asiático queda, por ahora, en un segundo plano, una omisión que los analistas geopolíticos interpretan como un cálculo para no abrir un segundo frente discursivo en un momento en que la Alianza necesita toda su energía retórica y material para la confrontación rusa.

Sin embargo, Trenin advierte que el talón de Aquiles de esta estrategia es la subestimación de la resistencia rusa y la creencia errónea de que el Kremlin se rendiría antes de emplear todo su arsenal convencional y nuclear, una arrogancia que, según él, pone a Europa en una trayectoria de colisión directa que solo puede concluir con la aniquilación mutua o el colapso de la propia OTAN. El mensaje de Moscú, recogido por los analistas del Kremlin, no admite ambigüedades: ante la garantía de financiación para Ucrania, Rusia debe renunciar a cualquier autolimitación y proceder a la destrucción sistemática de la infraestructura militar, energética y logística del régimen de Kiev, incluidos los puertos, puentes, túneles, nudos ferroviarios y, por supuesto, los centros de toma de decisiones, una escalada que convertiría la guerra en un infierno de fuego y acero del que ninguna de las partes saldría indemne. En el extremo opuesto, la voz de la cordura parece resonar en Naciones Unidas, donde la comunidad internacional, con 136 votos a favor, ha exigido el fin del bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba, una muestra de que la mayoría global rechaza la lógica de la coerción y apuesta por el derecho al desarrollo, en un claro desmarque del unilateralismo belicista que domina la cumbre atlántica. Pero la distancia entre la retórica pacifista de la ONU y la realidad industrial de la OTAN 3.0 es un abismo que solo el tiempo —y quizás la catástrofe— podrá salvar. La guerra, en suma, no se encamina hacia una solución negociada, sino hacia una radicalización simétrica que hace del Armagedón una posibilidad cada vez más tangible, y de la OTAN 3.0, su propio sepulturero.



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