Oscuro Claro
El orden financiero atlántico no financia guerras porque las quiere; las financia porque ya no puede hacer otra cosa.

Por Mente Alternativa

Dennis Small, en el servicio noticioso del Executive Intelligence Review (EIRNS), publicó el 26 de junio de 2026 un análisis de urgencia que merece ser leído como lo que es: no una crónica más del desorden geopolítico contemporáneo, sino el retrato de una decisión civilizatoria cuyas consecuencias amenazan con ser irreversibles. Su argumento central es tan sencillo en su formulación como devastador en sus implicaciones: Londres, como centro de comando del sistema financiero transatlántico en quiebra técnica, está ejecutando su Plan B, y ese plan consiste en militarizar la economía entera del Atlántico Norte para financiar una confrontación armada con Rusia y China, creando para ello un banco multilateral que emitirá un billón de dólares anuales destinados no a construir infraestructura ni a erradicar la pobreza, sino a financiar el aparato de destrucción.

El instrumento tiene nombre y apellido institucional. El primer ministro canadiense Mark Carney —ex gobernador del Banco de Inglaterra, arquitecto predilecto del capital financiero anglosajón— anunció la creación del Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (BDSR), diseñado por especialistas del Consejo Atlántico y con sede en Canadá, país que pertenece a la mancomunidad británica. La denominación oficial suena a tecnocracia aséptica; la función real es otra. Helga Zepp-LaRouche, fundadora del Instituto Schiller, fue lapidaria en su caracterización durante la 160.ª reunión semanal de la Coalición Internacional por la Paz, el 26 de junio de 2026: lo que Carney propone es exactamente lo que hizo Hjalmar Schacht, el presidente del Banco Central de Hitler, cuando inventó los llamados bonos MEFO para crear dinero de la nada y financiar la máquina de guerra nazi. El mecanismo es el mismo: dinero emitido sin respaldo productivo, con el reloj de vencimiento corriendo inexorablemente, y una lógica interna que convierte la guerra en profecía autocumplida. Una vez activado el engranaje, la presión para resolver la deuda mediante la guerra no es metafórica; es matemática.

Zepp-LaRouche fue más lejos aún en su diagnóstico: ese billón de dólares anuales desencadenará hiperinflación y será el golpe de gracia para un sistema financiero que ya hoy sostiene una burbuja especulativa de 2,4 cuatrillones de dólares en derivados y activos fantasma. El razonamiento es impecable desde el punto de vista de la economía real: la producción militar no es producción en ningún sentido económico riguroso. No genera riqueza, no reproduce el capital productivo, no incrementa la capacidad de la sociedad para alimentar, vestir, curar o educar a sus miembros. Es destrucción de activos reales disfrazada de gasto estratégico. Inyectar un billón de dólares anuales en ese sumidero, con dinero creado mediante emisión, no es estímulo económico; es acelerador del colapso.

La sincronía política es reveladora. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, declaró ante el Consejo Atlántico el 25 de junio de 2026 que «estamos en las etapas tempranas de una revolución industrial de defensa», con el entusiasmo de quien confunde el apocalipsis con una oportunidad de negocio. Donald Trump, por su parte, anunció el 23 de junio ante reporteros en la Casa Blanca que está presionando a los fabricantes de automóviles estadounidenses para que conviertan sus líneas de producción a la fabricación de misiles. El esquema de reconversión industrial forzada para la guerra no es nuevo en la historia; lo nuevo es la velocidad con que se ejecuta y la ingenuidad con que se celebra en los medios del establishment. El portal Axios, vocero confiable del Washington interior, describió el 25 de junio el panorama político estadounidense con palabras que delatan el pánico del establishment: «todo está en juego, y es salvajemente incierto». Ambos partidos son igualmente despreciados por el electorado; el apoyo a Israel se derrumba generacionalmente; las fuerzas populistas que Trump despertó están devorando a la élite alimentadas por una mezcla bipartidista de guerras interminables, precios disparados e impunidad de clase.

Lo que Axios describe, sin querer decirlo con todas sus letras, es que la legitimidad del orden financiero atlántico está en ruinas. El Plan B de Londres —el Banco de Destrucción de Carney— no es una política de seguridad: es la maniobra de una oligarquía que huele su propio fin y apuesta a que una guerra pueda retrasar el veredicto de la historia. La lógica es la misma que la de quien incendia su casa para no pagar la hipoteca.

Frente a este panorama, la pregunta que Dennis Small plantea en su análisis no es retórica sino genuinamente política: ¿qué ocurriría si ese billón de dólares anuales se canalizara no hacia la destrucción sino hacia el desarrollo? ¿Qué pasaría si Estados Unidos se sumara a las naciones del Sur Global para invertir en los grandes proyectos de infraestructura que tanto el Norte como el Sur necesitan con urgencia? ¿Qué ocurriría si se retomara el desafío del papa León XIV de resolver el problema migratorio creando empleo productivo y condiciones de vida dignas en los países de origen, en lugar de construir muros y financiar guerras proxy? El economista y estratega Lyndon LaRouche propuso durante décadas la creación de un Banco Internacional de Desarrollo que emitiera no uno sino decenas de billones de dólares anuales en crédito dirigido a la actividad económica productiva: energía, agua, transporte, salud, educación, investigación científica. Los mismos instrumentos financieros que Carney quiere convertir en palancas de guerra podrían ser las palancas de una civilización nueva.

La objeción previsible —que la City de Londres y Wall Street jamás lo permitirían— revela, más que una limitación real, una crisis de imaginación política. Small lo dice con precisión histórica: en 1776, la independencia americana no se negoció con Jorge III ni se pidió su autorización. La pregunta no es si el establishment financiero aprueba el cambio de rumbo, sino si existe la voluntad política para imponerlo. En este 250.º aniversario de la Declaración de Independencia, cuando el mundo marcha hacia una depresión económica plena y la guerra nuclear deja de ser hipótesis de gabinete para convertirse en posibilidad operativa, esa pregunta no es filosófica: es la pregunta de la que depende si habrá o no un mundo en que hacerse las demás preguntas.

El Banco de Destrucción de Carney es, en última instancia, la confesión de que el orden financiero atlántico no tiene futuro productivo que ofrecer. Solo puede ofrecer guerra, porque la guerra es el único mecanismo que le queda para postergar el ajuste de cuentas con su propia insolvencia. Reconocer esto no es pesimismo; es el primer paso para construir la alternativa.

Fuentes consultadas

Small, Dennis. «London’s Plan B: Schacht on Steroids«. Executive Intelligence Review News Service (EIRNS), 26 de junio de 2026.



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