Oscuro Claro
Steven Spielberg no filma ciencia ficción: formula una teología sustituta donde los extraterrestres reemplazan a Dios y el gnosticismo coloniza la imaginación colectiva del siglo XXI.

Por Mente Alternativa

En una conferencia organizada por la Rising Tide Foundation y transcrita en el sitio Canadian Patriot Press, los hermanos e investigadores Paul y Philip Collins —autores de la serie ensayística Deception Through Disclosure, cuyo séptimo y próximo capítulo se anuncia como bomba intelectual— desgranan con rigor interdisciplinario los fundamentos filosóficos, teológicos e históricos de la más reciente producción de Steven Spielberg, el largometraje Disclosure Day, obra que no puede ni debe leerse en aislamiento sino como el último eslabón de una cadena cultural cuidadosamente urdida por actores del Estado profundo estadounidense con el propósito de erosionar las tradiciones religiosas de Occidente, en particular el cristianismo apostólico, sustituyendo la esperanza trascendente por una cosmología inmanentista donde los seres extraterrestres operan como divinidades emanadas del propio universo material.

Philip Collins abre la disección con una genealogía filosófica que resulta tan precisa como perturbadora. La película de Spielberg intenta dignificar lo que Collins denomina una parusia emanente, tomando prestada la etimología latina de in manere —permanecer dentro— para designar una presencia divina que no trasciende los límites de la experiencia humana sino que se sitúa en su interior, dentro del cosmos físico y sensorial. Cuando los alienígenas de Disclosure Day arriban a la Tierra, no vienen como extraños radicales sino como portadores de una nosis, un conocimiento secreto, que en el argot gnóstico antiguo y moderno significa la clave de la salvación por autoconocimiento. Collins identifica en este movimiento la huella de Jacob Alivi, pensador de la Ilustración cuya cosmología pesimista —según la cual la Tierra carece de propósito y el cuerpo humano constituye una prisión para ángeles apóstatas— se prolonga hasta el Mormonismo, la Cienciología y los delirios cosmológicos de Jim Jones. Spielberg, sin necesidad de citar a ninguno de ellos, opera dentro de la misma hermenéutica: los alienígenas son ángeles reencarnados en tecnología interestelar.

El precedente cinematográfico es igualmente revelador. El primer guión de Encuentros en la tercera fase fue escrito por Paul Schrader —el mismo que luego adaptaría La última tentación de Cristo de Nikos Kazantzakis para Martin Scorsese— bajo el título Kingdom Come, en el que el protagonista vivía su propia experiencia damascena, no arrojado del caballo por la voz de Dios sino secuestrado por una nave extraterrestre. Spielberg rechazó el protestantismo culpabilizador de Schrader, pero conservó la arquitectura teológica de fondo: la conversión mística ante los visitantes del cosmos, la figura del testigo iniciático, la promesa de ascensión hacia un destino evolutivo superior. La aleación resultante entre el gnosticismo de Alivi y el evolucionismo de Herbert Spencer da a Spielberg una gramática visual perfectamente coherente: los alienígenas de piel pálida, mentón estrecho y frente amplia no son una fantasía estética sino la proyección futurista de la raza humana en su estadio evolutivo más alto, lo cual reproduce en imágenes exactamente la jerarquía racial que el darwinismo social de Spencer articuló con palabras. James Herrick lo resumió con lucidez en su libro Scientific Mythologies: Spielberg y Spencer parecen leer el mismo guión.

En Disclosure Day, este andamiaje teológico-evolutivo se despliega con mayor descaro. La ex religiosa Jane, uno de los personajes centrales, abandona la fe no porque haya dejado de creer, sino porque ha concluido que Dios no es más que la proyección antropomórfica de los mejores atributos del hombre: una tesis calcada de Ludwig Feuerbach, cuyo materialismo teológico sirvió de cimiento a Karl Marx. El Dios cristiano queda reducido a heurística narcisista, espejo de una divinidad dormida en el interior humano que aguarda ser reclamada. Los verdaderos seres supremos, sugiere Jane, son los extraterrestres. Esta afirmación no es un simple recurso dramático: es la formulación narrativa de la escatología gnóstica en su versión secularizada, aquella que Eric Voegelin llamó la radicalización modern de la tradición parclética emanantista, donde el hombre se entroniza como deidad intramund sin referencia a ningún orden trascendente.

Paul Collins toma el relevo para situar esta operación filosófico-cinematográfica en su contexto histórico e institucional, y lo que emerge no es la obra de un artista inspirado sino la de un participante activo en lo que los hermanos Collins denominan deception through disclosure, una estrategia de desinformación que se remonta al menos a 1974, cuando el documental UFOs: Past, Present and Future fue producido con la asistencia explícita del Departamento de Defensa y la NASA. Ese documental prometía revelar el secreto definitivo —incluyendo supuesto metraje de un aterrizaje extraterrestre en la base aérea de Holloman en 1971— y lo retiró en el último momento, dejando a sus autores, Robert Emmenegger y Alan Sandler, varados en la desolación de la promesa incumplida. Mark Pilkington, citado extensamente por Collins, sugirió que el metraje jamás existió: fue un anzuelo, una carnada para convencer a los cineastas de que su documental sería mucho más de lo que un falso anuncio de la realidad OVNI podría ser. Tres años después, Spielberg estrenaba Encuentros en la tercera fase, revitalizando la cadena de la desinformación con recursos estéticos que el aparato gubernamental nunca habría conseguido.

La conexión institucional más inquietante no es, sin embargo, la que une a Spielberg con las fuerzas aéreas estadounidenses, sino la que lo vincula al llamado Grupo Mega, un club de veinte magnates judíos cofundado en 1991 por Charles Bronfman y Leslie Wexner —este último conocido como el empleador y patrocinador del pedófilo Jeffrey Epstein— que operaba formalmente como foro de filantropía pero que, según la propia revista Vanity Fair y las investigaciones del FBI reconstruidas por Collins, ejercía presión activa sobre la política exterior estadounidense hacia Israel y pudo haber estado implicado en operaciones de espionaje documentadas por la NSA bajo el nombre en clave «Mega». La participación de Spielberg en ese círculo, lejos de ser banal, lo sitúa dentro de una constelación de poder que Collins describe como potencialmente inclinada al spycraft y a la intriga política. Desde esa red, argumenta Collins, actores del Estado profundo podrían haber convocado al cineasta —consciente o inconscientemente— para participar en una operación de falsa revelación que combina entretenimiento de masas, desinformación institucional y guerra doctrinal.

Esta guerra doctrinal es un concepto preciso, desarrollado en la séptima entrega de la serie Collins que permanece inédita al momento del coloquio, pero que los autores rastrean hasta documentos desclasificados de la CIA. La guerra doctrinal es una forma no cinética de conflicto que busca derrotar al adversario no mediante balas sino mediante la subversión de su ideología fundacional, es decir, de su religión. Aplicada a la cultura estadounidense desde los años setenta, la guerra doctrinal utilizó la ufología como instrumento para minar el monoteísmo abrahámico, sustituyendo la figura de Dios por la de los extraterrestres y convirtiendo a creyentes vulnerables en devotos de una nueva mitología secular. La misma operación que en 1974 requirió la complicidad de la Fuerza Aérea y la NASA tiene hoy a Spielberg y al documentalista Dan Farah como sus principales vectores mediáticos. Farah dirigió The Age of Disclosure, documental estrenado el año anterior a Disclosure Day, protagonizado por miembros de la llamada fraternidad AAWSAP-AATIP —entre ellos Luis Elizondo y Eric W. Davis—, un grupo de individuos que el propio informe del Departamento de Defensa de 2024, elaborado por la Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO), identificó como responsables de haber diseminado relatos infundados sobre fenómenos aéreos no identificados y programas secretos de ingeniería inversa de tecnología alienígena. Spielberg vio el documental de Farah, lo elogió públicamente y declaró que fue el detonante de su interés renovado en el tema.

Lo que distingue al análisis de los Collins de la crítica cultural convencional es su capacidad para detectar en los detalles narrativos de Disclosure Day huellas de una ideología que no es meramente gnóstica sino potencialmente grooming. Los dos protagonistas del filme, Daniel Kelner y Margaret Fairchild, fueron abducidos de niños por alienígenas disfrazados de animales del bosque —un procedimiento que el investigador Gregory R. Reed ha documentado como característico de redes de abuso infantil donde los agresores usan máscaras para ocultar su identidad y volver inverosímil el testimonio de la víctima— y conducidos a una nave espacial llamada, explícitamente, la casa de Hansel y Gretel. El intertexto no es decorativo: la casa de la bruja en el cuento de los hermanos Grimm es el lugar donde la confianza de los niños es ganada para destruirlos. Spielberg invierte la parábola: aquí, el trauma infligido a los protagonistas en la infancia se presenta como el mayor regalo que jamás recibieron, la puerta de acceso a superpoderes que justifican retroactivamente todo el sufrimiento. El mensaje ideológico implícito —que el abuso puede ser reencuadrado como iniciación— adquiere una dimensión siniestra cuando se considera que dos miembros del Grupo Mega al que pertenece Spielberg tienen vínculos documentados con círculos de explotación sexual: Bronfman, cuyos sobrinos financiaron la secta NXIVM, y Wexner, cuyo director financiero era Epstein. Collins no afirma que Spielberg sea personalmente culpable de ningún delito; afirma algo más perturbador: que el entorno institucional que rodea al cineasta más influyente de Hollywood es el mismo que produce y encubre exactamente el tipo de violencia que Disclosure Day parece glamorizar como transformación espiritual.

El arco histórico que trazan los Collins no está completo sin la genealogía nazi del ufismo. Chariots of the Gods de Erich von Däniken, el libro que popularizó la interpretación de Ezequiel como testigo de una nave espacial extraterrestre, fue reescrito por Wilhelm Utermann, propagandista del nazismo que había editado el periódico del partido y celebrado a Hitler en varios libros antes de infiltrarse en la industria cultural alemana de posguerra bajo seudónimo. La editorial que publicó la obra, Econ Verlag, estaba dirigida por Irwin Bar von Verinp, cuyo pasado nazi incluía haber sido designado, aunque sin llegar a ejercer, editor en jefe del SS-Verlag. El libro lleva una dedicatoria a Werner von Braun, ingeniero de cohetes nazi incorporado al programa espacial estadounidense mediante la Operación Paperclip, a quien varios historiadores han señalado como portador de las creencias cosmistas —la doctrina rusa que propugna la resurrección de los muertos mediante la restructuración atómica en el espacio— hacia las producciones de Disney, donde colaboró en los años cincuenta. El hilo conecta, así, nazismo, cosmismo ruso, ufología californiana y escatología gnóstica en una continuidad que los Collins califican de no accidental: cuando en los años cuarenta Norteamérica importó científicos nazis para competir en la carrera espacial, también importó su esoterismo, que se expandió —a veces orgánicamente, a veces no— hacia la contracultura, el mundo ovni y, finalmente, hacia el cine mainstream de Spielberg.

Philip Collins cierra la reflexión filosófica remitiendo al filósofo Friedrich Nietzsche, cuya declaración «Dios ha muerto» y cuya doctrina del superhombre informaron la voluntad de poder hitleriana tanto como la antropología autotheísta que Disclosure Day proyecta en sus protagonistas. Cuando el personaje de Hugo Wakefield dice a Fairchild «sabrás todo, más de lo que jamás fue humanamente posible», está invocando la omnisciencia como don dormido dentro del ser humano, una deidad amnésica que los alienígenas vienen a despertar. Es la promesa nietzscheana de la transfiguración humana en superhuma, pronunciada ahora en boca de un ex colaborador de una corporación fantasma del Estado profundo y transmitida al gran público a través de los mejores efectos especiales que el dinero de Hollywood puede comprar. La escatología gnóstica en el cine de Spielberg no es un accidente de guión ni una metáfora literaria inocente: es el vehículo de una operación cultural de largo aliento cuyo objetivo declarado por los Collins —con evidencia documental creciente— es reemplazar la esperanza trascendente por la obediencia a un orden tecnocrático que se presenta a sí mismo como la plenitud evolutiva de la especie.

Fuentes consultadas

Collins, Paul y Philip Collins. «Deception Through Disclosure», serie ensayística completa en partes 1 a 6. Canadian Patriot Press, 2023-2026. https://canadianpatriot.org

Herrick, James A. Scientific Mythologies: How Science and Science Fiction Forge New Religious Beliefs. InterVarsity Press, 2008.

Pilkington, Mark. Mirage Men: An Adventure into Paranoia, Espionage, Psychological Warfare, and UFOs. Skyhorse Publishing, 2010.

Upton, Charles. The System of Antichrist: Truth and Falsehood in Postmodernism and the New Age. Sophia Perennis, 2001.

Departamento de Defensa de Estados Unidos, All-domain Anomaly Resolution Office (AARO). Report on the Historical Record of U.S. Government Involvement with Unidentified Anomalous Phenomena. Febrero de 2024.

Voegelin, Eric. The New Science of Politics: An Introduction. University of Chicago Press, 1952.

Nietzsche, Friedrich. Also sprach Zarathustra. 1883-1885.

Feuerbach, Ludwig. Das Wesen des Christentums. 1841.

Shirer, William L. The Rise and Fall of the Third Reich. Simon & Schuster, 1960.



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