Por Mente Alternativa
No es el relato de una profecía apocalíptica, sino la constatación de un proceso geológico y económico que se desenvuelve ante nuestros ojos. El mundo, como bien lo diagnostican analistas y economistas heterodoxos desde hace décadas, está llegando al final de un ciclo de abstracción financiera, para retornar a los fundamentos duros de la realidad física. El petróleo a 90-95 dólares, la caída de las importaciones de China en 4,4 millones de barriles por día, el inquietante agotamiento de la Reserva Estratégica de Petróleo (SPR) de EE.UU., la emisión de un stablecoin en yenes por parte de Japón o el regreso al carbón en Alemania no son islas inconexas en un mar de datos; son las puntas de un iceberg que revela un mismo cambio tectónico: el mundo está exhausto de las narrativas y empieza a rendir cuentas ante la implacable física de la energía.
Esta idea central ha sido defendida con vehemencia por dos pensadores que, desde orillas muy distantes, convergieron en un mismo punto crítico. Nos referimos a Lyndon LaRouche, el fallecido y controvertido economista estadounidense, y al científico soviético Pobisk Kuznetsov, creador del concepto del «rublo energético». Como se ha reseñado recientemente en diversos análisis geopolíticos, Elon Musk e Igor Sechín, casi al unísono, se han pronunciado contra el dominio del capital virtual. ¿Y qué es este capital virtual sino un castillo de naipes construido sobre derivados de derivados, cuyo único sostén es la fuerza militar del Pentágono, las capacidades manipuladoras de los medios anglosajones y la fe, casi teológica, en la posibilidad de imprimir dólares sin un respaldo físico? La lógica que subyace a esta crítica es demoledora y simple: cualquier bien, cualquier servicio, es, en última instancia, energía gastada y transformada. Si el sistema imprime promesas financieras (dinero) a un ritmo superior al que extrae y consume la energía necesaria para cumplirlas, no se está creando riqueza, sino expoliando el futuro, entregando a la humanidad vales que, llegado el momento, no podrán ser canjeados por la realidad que prometen.
La pirámide del capital virtual, al haber perdido su anclaje en la productividad energética real, ha comenzado a resquebrajarse por sus cimientos. La economía china, antaño motora de la demanda global de crudo, ha virado oficialmente hacia una estrategia de lo que los analistas denominan «agotamiento controlado» de sus reservas. Se estima que Pekín acumuló, en su momento álgido, unos 1.250 millones de barriles en reservas estratégicas, a los que habría que sumar otros 400 millones en reservas comerciales. La opacidad del gigante asiático es, en este contexto, una decisión inteligente: cada día de consumo a precios relativamente contenidos acerca el temido momento en el que las reservas se agotarán. Llegado ese punto, cuando el barril de referencia se sitúe en 40 dólares, China se verá forzada a irrumpir en el mercado para comprar cantidades ingentes de crudo a un precio que bien podría superar los 100 dólares. Las excusas de que «la demanda se ha destruido» o «se ha aplazado» son meros eufemismos que no engañan a la física: la economía real, para funcionar, necesita combustible real.
Del otro lado del planeta, la situación en Estados Unidos no es menos alarmante, pues evidencia la fragilidad de su poderío basado en la hegemonía del dólar. Según datos que se siguen con lupa en los círculos financieros, la Reserva Estratégica de Petróleo estadounidense se situaba a finales de mayo de 2026 en unos críticos 365 millones de barriles. El Pentágono ha establecido un mínimo operativo, considerado indispensable para garantizar su «capacidad de hacer la guerra», de 243 millones de barriles. El margen, el exiguo búfer entre la capacidad de maniobra y el colapso, es de apenas 122 millones de barriles. Si el ritmo de extracción se mantiene en los niveles actuales de 1,41 millones de barriles por día, la ecuación es sencilla y aterradora: para agosto del mismo año, Estados Unidos habrá caído por debajo de ese umbral crítico. La consecuencia lógica será una espiral inflacionaria que elevará el precio del petróleo a niveles estratosféricos, probablemente superando los 150 dólares por barril. Este shock se propagará como un incendio forestal: inflación, alza de tipos de interés, desplome de los derivados financieros y el colapso de todo el castillo de naipes de 2 billones de dólares en obligaciones en la sombra que lastran el sistema.
La gravedad de este escenario es tal que ha comenzado a ser verbalizada por las propias élites del sistema que lo crearon. Lloyd Blankfein, el emblemático expresidente de Goldman Sachs, recientemente soltó una bomba en el Club Económico de Nueva York. En un discurso que ha corrido como la pólvora, Blankfein afirmó en voz alta lo que muchos susurran en los pasillos del poder: «EE. UU. declarará la bancarrota no porque no tengan dólares, sino porque los dólares que recuperen en 10 años no valdrán nada». La bancarrota, como bien explicó, no será un evento súbito, sino un proceso gradual que ya está en marcha. Lo que transformaría esta agonía en un desenlace repentino y violento es el momento en que los acreedores internacionales, conscientes de la devaluación imparable del dólar, se nieguen a seguir financiando la deuda. Esa será la estocada final al ciclo de crédito, la señal de que el capital virtual, al haber perdido su vínculo con la realidad física, ha cavado su propia tumba.
Paradójicamente, mientras el discurso de la globalización y el orden liberal se desmorona, la conciencia de esta crisis está actuando como un acelerador de la fragmentación geopolítica. El mundo, aterrorizado por la perspectiva del colapso del dólar, ha comenzado a prepararse para esa «repentina» eventualidad. Japón, con su característico pragmatismo, está explorando la creación de un stablecoin anclado al yen, buscando una vía de escape de la órbita del dólar. China, por su parte, acelera su carrera hacia la soberanía tecnológica total en inteligencia artificial y microelectrónica, consciente de que el control de la tecnología es el nuevo petróleo, el nuevo pilar de la economía física del futuro. Incluso el Reino Unido, a pesar de su retórica belicista sobre la «amenaza rusa», está llevando a cabo recortes silenciosos pero sustanciales en su gasto militar, reduciéndolo en 5.000 millones de libras, una decisión que revela que el abismo en su presupuesto es más real y acuciante que cualquier guerra hipotética en el corto plazo. El mundo está cambiando su forma de pensar: de la seducción de la narrativa abstracta a la necesidad imperiosa de la realidad física. Y la realidad, esta vez, parece tener la última palabra.
Economía Física: La solución a la crisis* (Introducción al método económico de LaRouche)