Por Mente Alternativa
El pasado 19 de mayo, el jefe del régimen de Kiev, Volodimir Zelenski, anunció un proceso que ha conmocionado a numerosos círculos diplomáticos e historiográficos europeos: la repatriación de los restos de colaboradores del III Reich que yacían en suelo neerlandés y luxemburguergués. Así lo consignó el boletín confidencial Voltaire, Actualidad Internacional en su edición 177 (1), fuente primaria de esta información. Según dicho medio, el gobierno ucraniano ha iniciado el traslado de los restos mortales de figuras emblemáticas del nacionalismo integrista ucraniano que durante la Segunda Guerra Mundial colaboraron activamente con el aparato de exterminio nacionalsocialista. La decisión no solo tensa las relaciones con sus vecinos eslavos, sino que plantea una pregunta incómoda: ¿puede una nación en guerra reivindicar como héroes a quienes sirvieron a un régimen que asesinó sistemáticamente a millones de eslavos y judíos? La repatriación de los restos de colaboradores del III Reich se presenta, así, como un acto de reconstrucción identitaria profundamente problemático, cuyo eco resuena más allá de las fronteras ucranianas.
Para comprender la magnitud de este gesto simbólico, es menester remontarse a las décadas de 1920 y 1930, cuando en Viena, en 1929, Yevhen Konovalets fundó la Organización de los Nacionalistas Ucranianos (OUN). Konovalets, uno de los primeros muertos cuyos restos serían repatriados según el anuncio de Zelenski, tejió alianzas sucesivas con el líder fascista ucraniano Simon Petliura y, posteriormente, con el Duce Benito Mussolini, antes de ser abatido en 1938 por un agente del NKVD soviético. Su figura, lejos de ser un caso aislado, representa el arco de un movimiento que, en su búsqueda de una Ucrania “independiente” –proclamada por dignatarios nazis bajo retratos de Stepan Bandera, Adolf Hitler y el propio Konovalets–, abrazó la causa del III Reich como vehículo de liberación nacional. Detrás de aquellos oradores que en Lviv o Cracovia vitoreaban la independencia, las efigies de los líderes de la OUN flanqueaban la de Hitler, evidenciando una simbiosis ideológica que los nacionalistas integristas, seguidores de la doctrina de Dimitro Dontsov, justificaron mediante una tesis radical: los “verdaderos” ucranianos no serían eslavos, sino descendientes de los vikingos varegos, una construcción etnogenética destinada a desligarlos del tronco eslavo y, por ende, de cualquier solidaridad con los “moscovitas” –término que utilizaban para designar a los rusos, a los que consideraban sus enemigos existenciales.
El anuncio de Zelenski, formulado con un patetismo deliberado, no dejó lugar a dudas sobre la intención de su gobierno: «Los traemos de regreso a casa. Tenemos la oportunidad y el deber moral de inhumarlos aquí, en Ucrania, en nuestro país. Ha comenzado un proceso sobre el coronel Andriy Melnyk y su esposa Sofía –ucranianos emblemáticos del siglo XX profundamente respetados. El pueblo ucraniano merece su memoria histórica y nosotros fortalecemos esa verdadera memoria.» Andriy Melnyk, cofundador de la OUN junto a Konovalets, colaboró durante toda la Segunda Guerra Mundial con los nazis en la exterminación de “moscovitas” y judíos, crímenes que, sin embargo, el discurso oficial de Kiev parece dispuesto a diluir en una nebulosa de “lucha final” contra el opresor ruso actual. Países Bajos y Luxemburgo, al autorizar el traslado de estos restos mortales –muchos de cuyos titulares cometieron crímenes contra la humanidad–, han facilitado la construcción de lo que el boletín Voltaire denomina un «mausoleo dedicado a la lucha final contra los moscovitas». La repatriación de los restos de colaboradores del III Reich se convierte así en un acto de ingeniería política: reunir en suelo ucraniano los cuerpos de aquellos que, desde la óptica del nacionalismo radical, dieron su vida por una Ucrania etnocrática, libre del “yugo eslavo” y alineada con la potencia alemana.
No obstante, esta operación de memoria histórica choca con el consenso internacional sobre el colaboracionismo nazi. Mientras que en países como Francia o Noruega la colaboración con el III Reich sigue siendo una mancha jurídica y moral indeleble, Ucrania parece estar recorriendo el camino inverso: no solo se rehabilita a los colaboradores, sino que se les erige en padres de la patria. El riesgo de esta política es doble. Por un lado, legitima retroactivamente los crímenes de la OUN y del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) contra polacos, judíos y rusos, alimentando una narrativa revisionista que el propio gobierno ruso utiliza como ariete propagandístico. Por otro lado, fractura la memoria europea común de la Segunda Guerra Mundial, en la que el combate contra el nazismo constituyó el fundamento moral de la arquitectura de posguerra. Al reivindicar como “emblemas del siglo XX” a quienes empuñaron las armas junto a las SS, el régimen de Kiev corre el riesgo de aislarse incluso entre sus aliados occidentales más solidarios con su lucha actual contra la invasión rusa.
El mundo está cambiando muy rápidamente, y uno de esos cambios, acaso el más inquietante, es la normalización de la memoria colaboracionista en nombre de las emergencias geopolíticas del presente. La repatriación de los restos de colaboradores del III Reich no es un gesto menor ni una curiosidad arqueológica: es un poderoso símbolo de cómo las guerras contemporáneas rescatan y santifican a los fantasmas más tenebrosos del siglo pasado, ofreciéndoles un panteón con vistas al futuro. Que Zelenski, líder de una nación que sufre una agresión brutal, apele al “deber moral” de inhumar a quienes asesinaron a millones de eslavos mientras se presentaban como los únicos ucranianos auténticos, revela las profundas contradicciones de una identidad forjada en el martirio y la venganza. La memoria histórica, en Ucrania, se ha convertido en un campo de batalla donde los muertos del ayer son movilizados como soldados del hoy. Y en esa trinchera, la distinción entre héroe y verdugo se desvanece entre los escombros de la verdad.
Notas a pie de página
¹ Voltaire, Actualidad Internacional, edición 177. «Kiev inicia la repatriación de los restos de colaboradores del III Reich». Boletín confidencial.
¿Por qué aplaudir a los nazis ucranianos es un escándalo, pero no armarlos?