Por Mente Alternativa
En un folleto publicado por el prestigioso centro de pensamiento Executive Intelligence Review (EIR) bajo el título «¡El Imperio Está Desnudo!», Jason Ross sostiene (1) que el discurso del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio en Múnich, donde ensalzaba a Mozart y a los Beatles como emblemas de Occidente, choca frontalmente con la realidad desvelada por los archivos de Jeffrey Epstein. No se trata —advierte Ross— de un escándalo marginal, sino de la «cultura operativa de la élite transatlántica», la misma que predica un «orden basado en reglas» mientras tolera una clase dirigente orientada hacia la dominación en lugar del desarrollo. La pregunta que subyace no es si Occidente produjo alguna vez genios, sino si hoy es capaz de generar algo de valor moral comparable o si ha renunciado a esa ambición en favor de una cultura degradada que ahora emerge en toda su podredumbre. La respuesta, según los autores de EIR —entre ellos Harley Schlanger, Dennis Speed y Helga Zepp-LaRouche—, se encuentra siguiendo el rastro del dinero, la conexión británica y las intenciones últimas de quienes utilizaron a Epstein como agente al servicio de un imperio financiero y de inteligencia con sede en la City de Londres.
La estrategia de encubrimiento, explica Schlanger en la segunda parte de la serie (2, 3) «¿Qué era Jeffrey Epstein, realmente?», ha consistido en inundar al público con detalles lascivos sobre pedofilia y tráfico de menores para desviar la atención del verdadero propósito criminal: un «reinicio global» que comenzó tras el asesinato de John F. Kennedy y se consolidó con el fin de Bretton Woods en 1971. Ese reinicio transformó la economía estadounidense —basada en la producción de riqueza real y el avance científico— en un casino especulativo donde las ganancias fluyen hacia tecnócratas de Silicon Valley y banqueros centrales. Epstein no fue una manzana podrida, sino un recluta temprano, formado en Bear Stearns y vinculado a los bonos basura de Michael Milken, a las redes de lavado de dinero de Meyer Lansky y a la mafia financiera de Les Wexner, quien le otorgó un poder notarial sobre su fortuna de 1.800 millones de dólares. La investigación de la fiscal María Villafana sobre lavado de dinero fue desestimada por el entonces fiscal Alex Acosta, quien luego se convertiría en secretario de Trabajo de Trump, y Wexner logró frenar las pesquisas gracias a un equipo de abogados comandado por Alan Dershowitz y Kenneth Starr. Así, la oligarquía de Epstein operaba con impunidad, protegida por un sistema que confunde el ejercicio del poder con la suspensión de toda empatía humana.
El ángulo británico resulta decisivo. Schlanger señala que la City de Londres ha sido el centro neurálgico de esta cleptocracia imperial, donde las agencias de inteligencia de los Cinco Ojos y el Mossad colaboran con el crimen organizado para socavar Estados soberanos. La conexión Maxwell —Robert Maxwell, el magnate y espía que robó fondos de pensiones y trabajó para el MI6, la CIA y el Mossad— introduce a Epstein en el círculo de la realeza británica a través de Ghislaine Maxwell, hoy condenada por tráfico sexual. El príncipe Andrés, amigo íntimo de Epstein, promovía el tráfico de armas británico, al igual que su hermano Carlos III, apodado «Carlos de Arabia» por su papel en la venta de armamento a monarquías represivas tras la Primavera Árabe. La publicación de los documentos en enero de 2026 forzó la dimisión del embajador Peter Mandelson y del jefe de gabinete Morgan McSweeney, mientras el propio Andrés era arrestado en Sandringham. Para Dennis Speed, esta es la «tan esperada caída de la Casa de Windsor»: la monarquía no puede sobrevivir a la pregunta de qué sabía el rey sobre los crímenes de su hermano, y menos aún cuando los archivos revelan que tanto Andrés como Mandelson filtraron documentos clasificados a Epstein. La oligarquía de Epstein no es, pues, una red de depravados aislados, sino el brazo ejecutor de un imperio que utiliza el chantaje sexual como herramienta de control geopolítico.
Más allá de la pedofilia y el lavado de dinero, lo que emerge de los documentos es una «nueva eugenesia» promovida por la misma élite tecnofinanciera. Dennis Speed (4, 5) relata cómo Epstein financió el «Programa de Dinámica Evolutiva» de Harvard, mantuvo un despacho en el MIT y operó un rancho en Nuevo México —conocido como el «rancho Zorro»— donde se habrían realizado experimentos médicos aberrantes y donde Epstein pretendía «esparcir su semilla» mediante la crioconservación y la fertilización forzada. Esta pulsión eugenésica, que remite a Lothrop Stoddard y a los congresos de eugenesia de los años veinte, ha sido actualizada por figuras como Peter Thiel y Curtis Yarvin, quienes abogan por una sociedad postdemocrática donde los «mil millones dorados» controlen la tecnología genética y de vigilancia. No es casualidad que Epstein invirtiera 40 millones de dólares en el fondo Valar Ventures de Thiel y colaborara con el ex primer ministro israelí Ehud Barak en tecnologías de inteligencia artificial aplicadas a la defensa y el control de poblaciones. La oligarquía de Epstein, concluye Speed, no solo busca riqueza, sino la «abolición de la humanidad como especie creativa» en favor de una casta de transhumanos que gobiernen mediante algoritmos y miedo.
Frente a este abismo, Helga Zepp-LaRouche (6) propone una respuesta radical: la lucha por la belleza del alma humana. En el capítulo final del folleto, Zepp-LaRouche recupera la educación estética de Friedrich Schiller como antídoto contra la tiranía de los tecnócratas y depredadores sexuales. Schiller escribió sus cartas estéticas al ver cómo la Revolución Francesa degeneraba en el terror jacobino; concluyó que «un gran momento ha encontrado a un pueblo pequeño», y que solo la exposición constante a la belleza —a Beethoven, a Shakespeare, a las catedrales— puede ennoblecer las pasiones y reconciliar libertad y necesidad. Zepp-LaRouche añade que esta educación debe convertirse en un movimiento internacional de «ciudadanos del mundo» que recuerde el décimo principio de su nueva arquitectura de seguridad y desarrollo: el ser humano es fundamentalmente bueno y capaz de perfeccionar infinitamente la creatividad de su mente; el mal solo es resultado de la falta de desarrollo. Así, la publicación de los archivos Epstein no debe llevar a la desesperación, sino a la certeza de que «el poder del tirano tiene un límite», como escribiera Schiller en el Guillermo Tell, y que la misma Declaración de Independencia —cuyo 250 aniversario se cumple este año— otorga al pueblo el derecho de abolir toda forma de gobierno que se vuelva destructiva de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
La oligarquía de Epstein no es, en definitiva, una anomalía sino la expresión más descarnada de un sistema imperial que ha hecho de la dominación su único principio. Los ensayistas de Executive Intelligence Review coinciden en que la civilización occidental no se mide por el poder que proyecta sino por la belleza que crea y la creatividad que desata. Si Occidente fue capaz de producir a Beethoven, hoy debe demostrar si aún puede producir un alma bella, o si ha preferido el imperio desnudo de los depredadores. La respuesta está en manos de ciudadanos que, unidos tras el ideal de una humanidad creativa y solidaria, se atrevan a decir: ya basta.
Notas a pie de página
1. Jason Ross, “¿Qué es la ‘civilización occidental’? La fantasía de Rubio en Múnich se encuentra con la realidad de Epstein”, en «¡El Imperio Está Desnudo!», Executive Intelligence Review (EIR), Febrero de 2026.
2. Harley Schlanger, «¿Qué era Jeffrey Epstein, realmente? Dope, Inc. 2.0», Ibidem.
3. Harley Schlanger, «La verdad sobre Epstein podría derrumbar a la monarquía británica», Ibidem.
4. Dennis Speed, «La tan esperada caída de la casa de Windsor», Ibidem.
5. Dennis Speed, «La no tan nueva ‘nueva eugenesia’ de la clase de Epstein», Ibidem.
6. Helga Zepp-LaRouche, «Luchemos por la belleza del alma humana», Ibidem.