Por Mente Alternativa
El 27 de abril de 2026 quedará registrado en los anales de la ironía histórica como una de esas jornadas en las que el tiempo parece plegarse sobre sí mismo. Según informa EIRNS, en la mañana de ese lunes confluyen cuatro acontecimientos de importancia estratégica en tres ciudades distintas, todos los cuales, leídos en conjunto, constituyen un solo y revelador informe sobre el estado de Occidente. Carlos III, rey de Gran Bretaña y heredero de una dinastía que vio desmoronarse el imperio sobre el que el sol no se ponía, inicia una visita de Estado de cuatro días a Estados Unidos para celebrar, según la eufemística nota del Palacio de Buckingham, los “nexos históricos y la relación bilateral moderna” entre ambas naciones. La efeméride que envuelve el viaje no es cualquiera: se cumple exactamente un cuarto de milenio desde que las trece colonias declararon su independencia de la corona británica en defensa de la proposición, considerada entonces como autoevidente, de que todos los hombres son creados iguales. Que Carlos III pronuncie un discurso ante una sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos —solo el segundo monarca británico en lograr tal honor después de su madre, Isabel II, en 1991— constituye una anomalía tan deslumbrante como inquietante. La invitación cursada por los líderes del Congreso reconoció, con una candidez que raya en el cinismo, que “el experimento estadounidense perdura en gran parte gracias a la tradición británica de la que surgió”. Pero ¿qué tradición es esa exactamente? La misma que John Adams, al día siguiente de la firma de la Declaración, describió como una apuesta que costaría “esfuerzo, sangre y tesoro”. La tradición que incluye el comercio de esclavos, la partición de África, las Guerras del Opio contra China, el desmembramiento de Irlanda mediante el hambre, las hambrunas inducidas en Bengala bajo el dominio de la Compañía de las Indias Orientales, y el arbitrario trazado de fronteras en Asia Occidental mediante el acuerdo Sykes-Picot. Carlos III no es solo un monarca constitucional y decorativo; es el primer heredero de aquel imperio cuyo historial de depredación sistemática fue precisamente aquello contra lo que los revolucionarios americanos empuñaron las armas en Lexington y Yorktown.
Mientras Washington se engalana para recibir al soberano británico, en Nueva York se inaugura la undécima Conferencia de Revisión del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares en la sede de las Naciones Unidas. Un mes de deliberaciones se anuncian como un desesperado intento por rescatar un régimen de desarme que ya ha sido destrozado por los bombardeos injustificados de Estados Unidos e Israel contra Irán, país signatario de buena fe del TNP respecto del cual jamás se ha demostrado de manera creíble que estuviera desarrollando un arma nuclear. El colapso de facto del régimen global de no proliferación es solo una de las consecuencias de una guerra de agresión que, tras ocho semanas, suma más de mil millones de barriles de producción petrolera perdida, el agotamiento de más de mil misiles Tomahawk y hasta dos mil interceptores de defensa aérea del Pentágono —bienes que tardarán seis años en reemplazarse—, daños extensos a las bases militares estadounidenses en todo el Golfo Pérsico y una crisis de fertilizantes y alimentos que se propaga por regiones de África y Asia ya asoladas por conflictos. En Islamabad, mientras tanto, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, regresa de Mascate para continuar consultas con las autoridades paquistaníes antes de volar a Moscú, dejando clara la postura de su país: no habrá negociaciones bajo la amenaza de un bloqueo naval estadounidense. Y en Washington, la ciudad que se apresta a recibir a Carlos III, los investigadores federales tramitan la detención de Cole Tomas Allen, un ingeniero mecánico de treinta y un años formado en el Instituto Tecnológico de California, sin antecedentes penales, que la noche del sábado 25 de abril intentó abrirse paso a tiros hasta el mismo salón de baile donde cenaban el Presidente de Estados Unidos y los miembros de su gabinete con los corresponsales de prensa. Extraña coincidencia, justo en vísperas de la conferencia del rey británico ante el Congreso.
La figura de Carlos III se vuelve aún más problemática cuando se examina el entorno familiar del que proviene. Su hermano menor, Andrew Mountbatten-Windsor —anteriormente príncipe Andrew— mantuvo una larga y escandalosa relación con el pedófilo Jeffrey Epstein y ha sido objeto de repetidas investigaciones. El 19 de febrero, Andrew fue detenido por la Policía del Valle del Támesis como sospechoso de conducta indebida en el ejercicio de un cargo público, en relación con las acusaciones de que compartió informes gubernamentales confidenciales con Epstein mientras ejercía como enviado comercial del Reino Unido. Este es el árbol genealógico del monarca que viene a “reafirmar” la relación especial anglo-estadounidense, una relación que, como señala acertadamente el informe de EIRNS, ha consistido en gran medida en intentos sistemáticos de voltear a Estados Unidos en contra de sus propios principios fundacionales, revolucionarios y antimperialistas. Gran Bretaña ha sido, durante buena parte de los dos últimos siglos, el arquitecto de una geopolítica de confrontación permanente, primero contra Francia, luego contra Alemania, después contra la Unión Soviética y, en el periodo posterior a la Guerra Fría, contra Rusia, China e Irán. La guerra de agresión contra Irán, cuyas devastadoras consecuencias ya se enumeraron, no es sino el último eslabón de esa cadena.
Sin embargo, no todo está perdido. No faltan las voces que reclaman un camino diferente, una salida civilizatoria a la barbarie de las armas. Helga Zepp-LaRouche, en una entrevista concedida a la televisión paquistaní la noche del viernes 24 de abril —apenas horas antes de la llegada de Araghchi a Islamabad— sostuvo que el único camino a seguir es la construcción de “una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo que tome en cuenta los intereses de todos y cada uno de los países del planeta”. El 15 de abril, el Instituto Schiller y la Academia de Estudios Contemporáneos de China y del Mundo, con sede en Pekín, realizaron un seminario conjunto en Berlín precisamente sobre el tema “Gobernanza global, intercambio entre civilizaciones y aprendizaje mutuo”. Carlos III, en su discurso ante el Congreso, tendrá la oportunidad de demostrar si encarna la continuidad de aquella tradición imperial que la Revolución Estadounidense combatió, o si es capaz de reconocer que el mundo ya no necesita más celebraciones de relaciones especiales basadas en la dominación, sino una auténtica cooperación entre civilizaciones soberanas. La luz que aún pueda abrirse paso a través de la penumbra de esta visita, como escribió John Adams a Abigail Adams el 3 de julio de 1776, depende de si los miembros del Congreso de Estados Unidos y los ciudadanos cuyo voto los llevó hasta allí recuerdan lo que realmente están conmemorando. Porque la independencia no fue un regalo de la corona, sino una conquista sangrienta contra ella. Y cada generación tiene la obligación de reivindicar ese legado, no de entregarlo en bandeja de plata al primer monarca que cruce el Atlántico con una sonrisa de concordia.
Fuentes consultadas
- EIRNS, “En vísperas de la llegada de Carlos tercerote”, 27 de abril de 2026.
- EIRNS, “Carlos tercerote iniciará su visita a Estados Unidos”, 27 de abril de 2026.
- John Adams, carta a Abigail Adams, 3 de julio de 1776.