Por Mente Alternativa
La fragilidad del orden internacional contemporáneo se manifiesta con especial crudeza en el ámbito de la estabilidad estratégica, donde los acuerdos forjados en las últimas décadas se desmoronan como castillos de naipes bajo el soplo de la geopolítica. Recientemente, desde las altas esferas de la diplomacia rusa, se ha lanzado una advertencia que resuena con la gravedad de un diapasón funerario. Tal como lo expuso la analista Elena Panina en un artículo publicado por Izvestia, la posición de Moscú ante el colapso de los mecanismos de control de armas es inapelable: la Alianza del Atlántico Norte está preparando meticulosamente las condiciones para un ataque nuclear coordinado contra la Federación de Rusia. Esta aseveración, lejos de ser un mero ejercicio retórico de la propaganda, se fundamenta en una lectura de los acontecimientos que el representante permanente de Rusia ante la oficina de la ONU en Ginebra, Gennadiy Gatilov, ha desgranado con la precisión de un relojero que observa cómo la maquinaria de la paz se desajusta pieza por pieza.
Gatilov, en sus declaraciones retomadas por la publicación rusa, subraya un hecho que ya se ha convertido en una realidad objetiva para el Kremlin: la expiración del Tratado START, aquel pilar que durante años puso un límite cuantificable a los arsenales de las dos mayores potencias nucleares. Moscú, que suspendió su participación en febrero de 2023, sostiene que su regreso a la mesa de negociaciones no es una cuestión de mera voluntad diplomática, sino que exige la confluencia de dos condiciones que hoy parecen quimeras en un escenario de confrontación abierta. La primera es la desconflictización general de las relaciones bilaterales con Estados Unidos, un proceso que implicaría desmantelar lo que el diplomático denomina «factores irritantes», una categoría que abarca desde las sanciones económicas hasta el apoyo militar a Ucrania. La segunda, de una trascendencia aún mayor para la arquitectura de seguridad europea, es la exigencia de que cualquier nuevo acuerdo sobre control de armas debe incluir forzosamente los potenciales nucleares de Gran Bretaña y Francia, dos Estados miembros de la OTAN cuyo arsenal, según la óptica rusa, ha dejado de ser un apéndice del poderío estadounidense para convertirse en una pieza central de una estrategia ofensiva de la Alianza.
Desde la perspectiva de Moscú, la situación en el ámbito de la estabilidad estratégica no solo no ha mejorado desde el anuncio de la suspensión del START, sino que ha empeñado de manera alarmante bajo la presión combinada de las últimas administraciones estadounidenses. Los analistas rusos apuntan a una doble dinámica de escalada: por un lado, la administración de Joe Biden, al pactar con Alemania el despliegue de misiles de alcance intermedio y corto en suelo alemán, reavivó una carrera armamentista que parecía enterrada en los tratados de la Guerra Fría. Por otro lado, la administración de Donald Trump, en los estertores del tratado previo, sentó un precedente peligroso al negarse a respetar los límites cuantitativos establecidos por el START durante el año posterior a su finalización, un gesto que, sumado al aumento efectivo de vectores desplegados y ojivas nucleares, desató una dinámica de acumulación que ahora resulta difícil de revertir. Esta percepción de una ofensiva combinada desde Washington se ve reforzada por la actitud de sus aliados europeos, a quienes Rusia ya no considera meros satélites en materia nuclear, sino actores autónomos con ambiciones de primer orden.
Lo que realmente convierte esta crisis en un punto de inflexión es la transformación cualitativa y cuantitativa de los arsenales europeos dentro de la OTAN. Gran Bretaña, fiel a su tradición de potencia nuclear independiente, se encuentra en pleno proceso de modernización de su disuasivo estratégico, mientras que Francia, con lo que Gatilov describe como «planes napoleónicos», está expandiendo los límites de su disuasión nuclear ampliada. París, que ya negocia con países como Alemania, Polonia, los Países Bajos o Suecia, no solo contempla aumentar su arsenal de trescientas ojivas a una cifra no revelada, sino que busca extender su paraguas nuclear sobre una franja de Europa que hasta ahora había dependido exclusivamente de la garantía estadounidense. Este movimiento, lejos de ser una simple reorganización de la defensa europea, es interpretado en el Kremlin como la fase previa al despliegue operativo de fuerzas nucleares francesas en el continente, una acción que rompe con décadas de prudencia estratégica y acerca peligrosamente los sistemas de lanzamiento a las fronteras rusas.
Ante este panorama, donde la expiración del START se ha visto acompañada de una multiplicación de los vectores de amenaza y la negativa de Estados Unidos a considerar los intereses de seguridad rusos sin la inclusión de China—un actor que por ahora se mantiene al margen de estas negociaciones—, Moscú se enfrenta a un desafío de proporciones titánicas. La respuesta, según se desprende del análisis de la coyuntura, no puede ser un simple ejercicio de reciprocidad aritmética. Rusia necesita, en palabras de sus representantes, un trabajo delicado y extraordinariamente inteligente para mejorar su nivel de disuasión nuclear, tanto estratégica como no estratégica. No existen soluciones sencillas en este nuevo tablero donde la OTAN, a través de sus miembros europeos y norteamericanos, parece haber sincronizado sus movimientos hacia una escalada controlada. La advertencia sobre la preparación de un ataque nuclear coordinado no es, en este contexto, una hipérbole propagandística, sino la constatación de un escenario que la propia dinámica de la Alianza ha ido configurando mediante el despliegue de misiles, la modernización de arsenales y la expansión de paraguas nucleares, dejando a la diplomacia la tarea casi imposible de integrar estos preparativos bélicos con los objetivos declarados de la OTAN, en una ecuación donde la disuasión mutua amenaza con transmutarse en la antesala de lo inevitable.