Oscuro Claro
La frase de Donald Trump —“No quiero presumir, pero ningún otro presidente podría hacer la mierda que estoy haciendo”— revela algo más que una fanfarronada política. Al analizar cómo la palabra shit cambia de significado entre el inglés coloquial y el español, emerge una paradoja lingüística que ilumina un fenómeno más profundo: la ambigüedad como herramienta estratégica en la comunicación del poder contemporáneo.

Por José Luis Preciado

La frase atribuida a Donald Trump —“No quiero presumir, pero… ningún otro presidente podría hacer la mierda que estoy haciendo” (I don’t wanna brag, but… no other president could do the shit I’m doing) (1)— revela una curiosa paradoja lingüística que suele perderse en la traducción. En español, expresiones que incluyen la palabra “mierda” —o giros coloquiales como “cagarla”— evocan inmediatamente el fracaso o el error. En el inglés coloquial, en cambio, shit puede referirse simplemente a “cosas”, “asuntos” o “acciones”, incluso cuando quien habla pretende presumir de logros.

Durante el discurso en el que utilizó la citada frase, Trump defendía su estrategia para obligar a otros países a aceptar cambios mediante la amenaza de aranceles. En esa misma línea de autoafirmación política, ayer también se vanaglorió de su manejo de la guerra contra Irán, afirmando que la operación militar había sido “muy exitosa”. Sin embargo, como advertí en otro artículo (2), cuando Trump declaró que la guerra contra Irán estaba “prácticamente completa” tras mantener una conversación telefónica con Vladimir Putin, quedó claro que, pese al tono triunfalista de Washington, el desenlace del conflicto está aún lejos de ser definitivo. Al mismo tiempo, la propia Casa Blanca comienza a explorar una posible vía de salida de la confrontación.

La clave de esta ambigüedad aparece precisamente cuando el lenguaje se traslada al terreno político. Así, lo que en español suena como una confesión de desastre, en inglés puede funcionar como una fanfarronada que transforma algo aparentemente negativo en positivo mediante una expresión idiomática que permite esa inversión de sentido.

Esta aparente incongruencia no es un simple accidente lingüístico. En el inglés moderno —especialmente en su registro popular estadounidense— muchas palabras tabú han sufrido un proceso de semantic bleaching o desgaste semántico, por el cual términos originalmente vulgares pierden su carga literal y pasan a funcionar como marcadores genéricos. De ahí que expresiones como my shit o his shit puedan significar simplemente “mis cosas” o “lo que está haciendo”, sin implicar necesariamente algo negativo.

Sin embargo, cuando este tipo de ambigüedad aparece en la comunicación política adquiere otra dimensión. Donald Trump ha construido gran parte de su estilo retórico precisamente sobre ese terreno ambiguo: frases informales, deliberadamente imprecisas, capaces de producir interpretaciones múltiples. Para sus partidarios, ese tipo de declaraciones refuerza la imagen de un líder que habla “sin filtros” y que presume de resultados extraordinarios. Para sus críticos, la misma frase puede interpretarse como una admisión involuntaria de caos o incompetencia.

Esa capacidad de generar lecturas simultáneamente contradictorias es, en realidad, una herramienta política poderosa. La comunicación estratégica contemporánea —especialmente en la política estadounidense— busca con frecuencia mensajes que funcionen como pantallas semánticas: expresiones lo suficientemente vagas como para que distintos públicos proyecten en ellas significados distintos. La misma frase puede operar como gesto de arrogancia, broma vulgar o provocación mediática.

En el caso de Trump, esta ambigüedad refuerza la construcción de una figura pública extraordinariamente flexible. Para las metaélites de Occidente, esa versatilidad comunicativa en su títere funciona casi como una “navaja suiza política”: un personaje capaz de encarnar simultáneamente al outsider antisistema, al globalista fiel a Wall Street, al magnate pragmático, al nacionalista radical o al negociador pragmático, según lo exija el momento político. En otros artículos me he referido a esta estrategia como multidimensionalidad.

Desde esta perspectiva, la frase sobre “la mierda que estoy haciendo” no es simplemente un ejemplo de lenguaje coloquial estadounidense. Es también un recordatorio de cómo, en la política, la ambigüedad puede ser una estrategia de poder. Las palabras ya no solo transmiten mensajes: crean espacios interpretativos donde diferentes audiencias encuentran aquello que desean escuchar.

Quizá por eso mismo, lo que en español suena a confesión de desastre, en inglés puede presentarse como una declaración de éxito. Y en la era de la política mediática, esa diferencia no es solo lingüística: es profundamente estratégica.

Curiosamente, el simbolismo de la “mierda” tampoco es ajeno a ciertas tradiciones de la psicología. En el psicoanálisis clásico de Sigmund Freud (2), la llamada fase anal del desarrollo infantil vincula el control de las heces con nociones tempranas de poder, control y relación con la autoridad. Autores posteriores, como Ernest Becker en su Negación de la Muerte (3), han señalado además que la repulsión cultural hacia los desechos corporales está relacionada con un recordatorio más profundo: la fragilidad biológica y la mortalidad del cuerpo humano. En ese sentido, la ambigüedad lingüística de la palabra shit adquiere una dimensión casi irónica cuando se aplica a la política imperial contemporánea: aquello que en apariencia se presenta como éxito puede ser, al mismo tiempo, el síntoma de un proceso de descomposición histórica.

Vista desde esa perspectiva simbólica, la fanfarronada lingüística de Trump puede leerse como una metáfora involuntaria del momento histórico que atraviesan las metaélites de Occidente: la fase terminal de su orden imperial global, que lejos de desaparecer sin resistencia intenta prolongar su existencia mientras reconoce —aunque sea de forma implícita— que el actual reparto de las cartas de la historia obliga a ese orden a disolverse y reconfigurarse en estructuras más reducidas y regionales, acordes con el orden policéntrico del siglo XXI.

Sobre el autor

José Luis Preciado es antropólogo, historiador y columnista en el portal de análisis geoestratégico Mente Alternativa.

Notas a pie de página

1. Donald J. Trump, “No other President can do the shit I’m doing,” discurso en la reunión anual de republicanos en Doral, Florida, 9 de marzo de 2026, reportado por FOX 9 Minneapolis-St. Paul, minuto 33:30, disponible en: https://youtu.be/PAAwVFzczIs?si=9vaQj8s6BxDwX0ti&t=2010

2. Sigmund Freud, Tres ensayos de teoría sexual (1905), en Obras completas, vol. VII (Buenos Aires: Amorrortu, 1978).

3. Ernest Becker, The Denial of Death (New York: Free Press, 1973).

El papel multidimensional del trumpismo en la transición hacia un mundo multipolar



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