Oscuro Claro
Las stablecoins, presentadas como dólares digitales estables dentro del ecosistema cripto, están siendo promovidas como una innovación financiera. Sin embargo, el historiador financiero Brendan Greeley advierte que estas monedas podrían reproducir los mismos riesgos sistémicos que históricamente han provocado crisis bancarias.

Por Mente Alternativa

En un episodio reciente del pódcast Unhedged del Financial Times, la columnista Katie Martin (1) conversó con el historiador financiero Brendan Greeley y el analista Rob Armstrong sobre un tema que vuelve a agitar el mundo financiero: las stablecoins. Aunque suelen presentarse como una innovación revolucionaria dentro del universo de las criptomonedas, el debate expuesto por los analistas sugiere que estas monedas digitales podrían estar reproduciendo un viejo problema: la creación de dinero privado con escasa supervisión regulatoria.

Las stablecoins son tokens digitales diseñados para mantener un valor estable, generalmente vinculado al dólar estadounidense. A diferencia de criptomonedas volátiles como Bitcoin, su promesa es funcionar como un “dólar digital” dentro del ecosistema cripto. En teoría, cada token estaría respaldado por un dólar o activos equivalentes mantenidos en reserva por la empresa emisora. Sin embargo, según los especialistas entrevistados, la aparente estabilidad de estas monedas oculta riesgos estructurales.

La discusión se intensificó tras la intervención del expresidente estadounidense Donald Trump, quien defendió la expansión de las stablecoins y criticó a los bancos por resistirse a integrarlas plenamente en el sistema financiero. Su postura se relaciona con la legislación conocida como Genius Act, una ley que ya fue aprobada en Estados Unidos y que define el marco regulatorio para estas monedas digitales.

El problema central señalado por los analistas es que la regulación establecida por esa ley delega la supervisión de las stablecoins a los estados, en lugar de establecer un control federal uniforme. En un sistema como el estadounidense, donde los estados compiten por atraer empresas financieras, esto podría desencadenar lo que Greeley describe como una “carrera hacia el fondo”: jurisdicciones que ofrecen regulaciones más laxas para atraer a los emisores de stablecoins.

Desde el punto de vista técnico, las empresas emisoras deben mantener reservas equivalentes al 100 % de los depósitos recibidos. Es decir, si un usuario compra un token respaldado por un dólar, la empresa debería conservar activos líquidos equivalentes. Sin embargo, la experiencia histórica del sistema bancario sugiere que las instituciones financieras siempre buscan maximizar beneficios tomando mayores riesgos con esos activos.

Según Greeley, el entusiasmo actual por las stablecoins ignora dos siglos de evolución del sistema financiero. La regulación bancaria moderna se desarrolló precisamente para evitar que los bancos privados emitieran dinero sin respaldo suficiente, una práctica que en el siglo XIX provocó crisis recurrentes. Con el tiempo, se introdujeron mecanismos como la supervisión federal y el seguro de depósitos para proteger a los ciudadanos.

Las stablecoins, en cambio, replican el modelo básico del banco —recibir depósitos y prometer su devolución— pero sin toda la infraestructura regulatoria que se creó para controlar ese sistema. Este vacío genera una pregunta fundamental: ¿cómo se puede verificar realmente que las reservas existen y que están invertidas en activos seguros?

Otro punto de preocupación es la creciente integración entre el mundo cripto y la infraestructura financiera tradicional. Un ejemplo reciente es el caso de la plataforma de criptomonedas Kraken, que obtuvo acceso directo al sistema de pagos de la Reserva Federal a través de un nuevo tipo de licencia bancaria otorgada por el estado de Wyoming. Esto permitiría a los usuarios convertir fácilmente sus activos digitales en dólares y utilizarlos para pagos cotidianos.

Para los críticos, esta integración puede amplificar los riesgos. Si las stablecoins llegan a ser percibidas por el público como equivalentes al dólar y posteriormente fallan, la presión política para rescatar a los usuarios recaería inevitablemente sobre el gobierno. Algo similar ocurrió en crisis financieras pasadas, cuando instrumentos privados aparentemente seguros colapsaron y obligaron al Estado a intervenir.

El precedente más cercano se produjo en 2023, cuando la quiebra del Silicon Valley Bank afectó directamente a la stablecoin USDC, que tenía miles de millones de dólares depositados en esa entidad. Durante algunos días, la moneda perdió su paridad con el dólar, demostrando que incluso los instrumentos diseñados para ser estables pueden enfrentar crisis de confianza.

En este contexto, los analistas del Financial Times sostienen que el auge de las stablecoins podría estar repitiendo un patrón conocido en la historia financiera: una innovación presentada como revolución tecnológica que, en realidad, reproduce viejos mecanismos de especulación y riesgo sistémico. La diferencia es que esta vez el experimento ocurre dentro de un ecosistema digital global que puede expandirse mucho más rápido que las instituciones regulatorias.

El verdadero problema, advierten, no es si el sistema fallará, sino cuándo. Como ha ocurrido en muchas ocasiones en la historia financiera, los efectos de la desregulación suelen tardar años en manifestarse. Para entonces, la innovación ya se ha expandido lo suficiente como para que su colapso se convierta en un problema público.

Notas a pie de página

1. Katie Martin y Rob Armstrong, en Financial Times: Transcript: The case against stablecoins. 6 de marzo de 2026.



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