Oscuro Claro
Vivimos una transición sistémica donde las categorías heredadas —hegemonía, Norte, Sur, Estado— ya no describen la realidad. Persisten como sombras, mientras nuevas macrozonas emergen y las élites se fragmentan en la lucha por definir el futuro postcapitalista. Comprender esta “danza de sombras” exige distinguir lo que se desvanece de lo que nace.

Por José Luis Preciado

En un análisis reciente, el historiador ruso Andrei Fursov (1) propuso una imagen poderosa para describir nuestro tiempo: vivimos en una “danza de sombras”. La metáfora proviene de Fernand Braudel y su monumental obra Civilisation matérielle, économie et capitalisme, XVe–XVIIIe siècle. Braudel hablaba de la zona de penumbra (zone de pénombre): no es un espacio simplemente oscuro, sino un ámbito donde solo se distinguen sombras, no las formas nítidas.

Para Fursov, así es la realidad actual: muchas estructuras del siglo XX han perdido su base material pero continúan proyectando siluetas; otras, aún en gestación, apenas comienzan a insinuarse. El analista que no entienda esta condición espectral corre el riesgo de confundir fantasmas con cuerpos sólidos.

Fursov parte de una definición rigurosa de hegemonía dentro del sistema de economía-mundo capitalista, retomando la tradición de Immanuel Wallerstein (3). Un hegemón no es simplemente el más fuerte: es quien impone el ciclo de acumulación de capital, domina las estructuras supranacionales, posee supremacía militar comparativa y marca la pauta cultural y lingüística.

Según esta lectura, solo han existido tres grandes ciclos de acumulación: el holandés (fines del siglo XV–XVI), el británico (del XVI al inicio del XX) y el estadounidense (siglo XX hasta hoy, ya en declive). Pero el pico de hegemonía estatal es siempre más corto que el ciclo económico. Holanda dominó aproximadamente entre 1615 y 1670; Gran Bretaña entre 1815 y 1870/1896. Estados Unidos, en cambio, tuvo dos momentos distintos.

En el plano militar, un hegemón es más poderoso que las cuatro potencias siguientes combinadas. En 1940, EE.UU. concentraba cerca del 44% del potencial militar-industrial mundial. En el plano cultural, el hegemón impone lengua y ciencia. Sin embargo, ninguna hegemonía fue total. Holanda fue potencia naval pero no terrestre; en el siglo XVI las grandes fuerzas terrestres eran España y luego Francia. Gran Bretaña dominó los mares, pero en el siglo XIX el idioma diplomático fue el francés y la ciencia europea hasta 1945 tuvo como epicentro a Alemania. De hecho, Alemania produjo —según cálculos citados por Fursov— 72 grandes innovaciones científico-técnicas entre 1933 y 1945, superando el total europeo previo.

La hegemonía estadounidense fue peculiar porque coexistió con la URSS. Fue, en realidad, hegemonía sobre el mundo capitalista. Fursov coincide con Wallerstein en que Estados Unidos comenzó a declinar a fines de los años sesenta, pero introduce un matiz decisivo: entre 1963 (asesinato de Kennedy) y 1973 (caída de Nixon) ocurrió una “revolución silenciosa”. Estados Unidos dejó de ser primordialmente un Estado nacional para convertirse en un clúster de corporaciones transnacionales.

Así, hubo dos hegemonías estadounidenses: como Estado (1945–1975) y como entramado corporativo (desde 1989 hasta mediados de los 2000). La capitulación soviética bajo Gorbachov no fue ante un simple Estado, sino ante esa red corporativa. Donald Trump, lejos de ser un nacionalista clásico, sería un síntoma del agotamiento de ese modelo globalista y un intento de replegarse hacia una macrozona norteamericana inspirada en la vieja idea del TecnatoTecnato: una gran región integrada (EE.UU., Canadá, Groenlandia, México, Caribe y parte del norte de Sudamérica).

Para Fursov, el orden más estable es el bipolar. El multipolar tiende al caos y rara vez perdura; el unipolar es excepcional y breve (30–40 años). Las transiciones hegemónicas generan guerras largas: la Guerra de los Treinta Años, las guerras napoleónicas y, probablemente, el ciclo 1914–1945 como una sola guerra mundial prolongada.

Aunque la hegemonía estadounidense declina, nadie reaccionó decisivamente ante Irak, Venezuela o los primeros ataques contra Irán. Esto demuestra que la unipolaridad, aunque erosionada, aún proyecta su sombra.

Sobre las categorías de “Norte Global” y “Sur Global” conviene introducir una perspectiva histórica que permita comprender su génesis política y su función estratégica. Tras la era colonial clásica y la posterior división tripartita del mundo en primer, segundo y tercer mundo —propia de la Guerra Fría— emergió el Movimiento de Países No Alineados. Este no fue simplemente una iniciativa espontánea de neutralidad geopolítica, sino que, tras la muerte de Stalin, fue impulsado desde Londres con figuras visibles como Josip Broz Tito, Sukarno y Jawaharlal Nehru. El objetivo era evitar que esos países se integraran de manera definitiva en la órbita de Estados Unidos o de la Unión Soviética, promoviendo en cambio una competencia permanente entre ambas superpotencias por su influencia política, económica y militar.

Durante todo el siglo XX existió, además, una rivalidad constante entre Londres y Washington, pese a la narrativa pública de “la relación especial”. Esa tensión se manifestó en múltiples escenarios: la Guerra de Corea, la crisis de Suez, los procesos en Malasia y, en el plano financiero, el desarrollo del mercado del eurodólar, que reforzó la autonomía financiera británica frente al sistema monetario estadounidense. La relación anglo-estadounidense, por tanto, estuvo marcada por cooperación estratégica y competencia estructural simultáneas.

Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, la antigua división Este-Oeste fue sustituida progresivamente por la narrativa Norte-Sur. Sin embargo, esta nueva clasificación tampoco describe un bloque homogéneo. El llamado “Norte Global” presenta profundas fracturas internas. Europa Occidental, lejos de consolidarse como núcleo estable del sistema, muestra signos de desplazamiento hacia la semiperiferia, mientras una parte significativa del capital alemán migra hacia Estados Unidos en busca de mayor estabilidad energética, industrial y financiera.

Al mismo tiempo, se observa una fractura creciente dentro de las propias élites occidentales, en un contexto marcado por la contracción del estrato dominante en el horizonte de un mundo postcapitalista. La reducción de espacios de acumulación y de posiciones de poder intensifica la competencia intra-élite, generando proyectos alternativos de reorganización regional. En este marco, el Vaticano aparece como impulsor de una posible reconfiguración centroeuropea —una suerte de eco austrohúngaro— con actores políticos como Viktor Orbán en Hungría y Robert Fico en Eslovaquia, en tensión estructural con los intereses de Londres.

Por otra parte, ya desde la década de 1960 se produjo en la propia Unión Soviética un proceso creciente de interpenetración de élites con Occidente. Este fenómeno incluyó la participación en redes como el Club de Roma, el comercio de petróleo que vinculaba estrechamente a ambos bloques y episodios tan reveladores como la atención médica de especialistas estadounidenses al Politburó. Incluso se publicaron en Estados Unidos diagnósticos médicos de dirigentes soviéticos, como los de Andréi Kirilenko y Yuri Andrópov, lo que evidencia un nivel de interacción que desborda la imagen de enfrentamiento absoluto proyectada durante la Guerra Fría.

El Sur tampoco es una unidad orgánica. El BRICS —concepto inicialmente promovido en círculos británicos— carece de cohesión estratégica. Por ejemplo, afirma Fursov, India, profundamente conectada histórica y culturalmente al Reino Unido, no aceptaría una hegemonía monetaria china Por lo tanto, en la práctica, el núcleo real es Rusia–China; el resto funciona como periferia variable.

Además, muchas naciones del Sur tienen soberanía limitada. En América Latina, África o el Sahel, el poder real suele estar fragmentado entre élites, carteles o redes transnacionales. La soberanía plena —aunque tampoco absoluta— solo la poseen potencias nucleares como EE.UU., China y Rusia.

En conjunto, la evolución de las categorías Norte-Sur revela menos una división rígida del sistema mundial que un reacomodo permanente de élites, bloques y estrategias en el interior de la economía-mundo capitalista.

Finalmente, Fursov cuestiona el término “deep state”. El Estado es formal; lo que existe es un “poder profundo”: un clúster informal de intereses que utiliza las estructuras estatales en función de agendas propias, a menudo contrarias al interés nacional.

Desde los años setenta se desmantela el triángulo capital–Estado–estructuras supranacionales que sostuvo el capitalismo clásico. El mercado es cada vez más ficción bajo monopolios y oligopolios (como ironizó Peter Thiel: “la competencia es para perdedores”). El Estado-nación se erosiona; la sociedad civil se contrae.

La tesis central es clara: vivimos una transición sistémica donde las categorías heredadas (hegemonía, Norte, Sur, Estado) ya no describen con precisión la realidad. Persisten como sombras. Nuevas macrozonas compiten por consolidarse. Las élites se fragmentan en una lucha por reducir el tamaño del estrato dominante del futuro postcapitalista.

Comprender esta “danza de sombras” exige distinguir entre las formas que se desvanecen y las que apenas emergen. Solo así es posible analizar el presente sin confundir espectros con estructuras reales.

Notas a pie de página

1. Fursov, Andrei: ¿Qué está pasando con el mundo? Una transición de fase que no todos superarán. 28 de febrero de 2026.

2. Braudel, Fernand: Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII. Traducción al español de Isabel Pérez-Villanueva Tovar (tomo 1) y otros traductores en los volúmenes posteriores. Madrid: Alianza Editorial, 1984. 3 vols. ISBN: 84-206-9997-7 / 978-84-206-9997-4.

3. Wallerstein, Immanuel: El moderno sistema mundial. Vol. I: La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2016.ISBN: 978-84-323-1839-9.

Tecnato de Norteamérica: ¿Trump quiere hacer realidad la dictadura tecnocrática que soñó el abuelo de Elon Musk?



Donar a Mente Alternativa
Artículos Relacionados
Total
0
Share