Oscuro Claro
El colapso económico de Occidente se profundiza con la llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal, un banquero estrechamente vinculado a Wall Street y al Club Bilderberg, y con la continuidad de los aranceles de Donald Trump como eje de la política económica estadounidense.

Por Mente Alternativa

El reciente anuncio de Donald Trump sobre la nominación de Kevin Warsh como nuevo presidente de la Reserva Federal confirma que el colapso económico de Occidente no es una hipótesis futura, sino un proceso en marcha. El análisis de Dennis Small y Paul Gallagher, publicado por Executive Intelligence Review (EIR), expone con crudeza cómo la política monetaria estadounidense, combinada con la guerra arancelaria, está agravando las contradicciones internas del sistema financiero global dominado por Washington.

Kevin Warsh, quien asumirá el cargo el 15 de mayo tras la salida de Jerome Powell, no es un outsider ni un reformador. Su trayectoria lo vincula directamente con Wall Street, Morgan Stanley, el Grupo Bilderberg y los circuitos financieros que han gobernado la Reserva Federal durante décadas. Entre 2006 y 2011 fue el principal enlace del banco central con los grandes bancos y el G20, precisamente en los años que desembocaron en la crisis financiera global. Su nombramiento, lejos de representar un cambio de paradigma, garantiza continuidad en un modelo agotado.

Un día antes del anuncio, Trump atacó públicamente a Powell por negarse a bajar las tasas de interés. En su mensaje, el presidente dejó al descubierto una motivación central: reducir el costo del servicio de la deuda federal, que ya ronda el billón de dólares anuales dentro de un gasto total cercano a los siete billones, frente a ingresos de apenas cinco billones. Con una deuda acumulada que supera los 38,5 billones de dólares, la estrategia no apunta a resolver el problema, sino a licuarlo mediante inflación y devaluación, tal como propone el llamado “Acuerdo de Mar-a-Lago”, promovido por asesores cercanos a Trump.

Esta política, presentada como un intento de revitalizar la manufactura estadounidense, ha fracasado incluso en sus propios términos. Según el estudio America’s Own Goal del Instituto Kiel para la Economía Mundial, el déficit comercial de Estados Unidos aumentó alrededor de un 4% respecto a 2024, pese a la depreciación del dólar y a la imposición de aranceles. Lejos de corregir los desequilibrios externos, la guerra comercial los ha profundizado.

El mito de que los aranceles generan “trillones” de dólares que ingresan a la economía estadounidense también se desmorona al examinar los datos. La recaudación arancelaria alcanzó unos 236 mil millones de dólares en los primeros once meses del año, con una proyección cercana a los 250 mil millones para todo 2025. Esta cifra es insignificante frente al tamaño del déficit y la deuda federal. Más aún, el 96% de esos ingresos fue pagado directamente por empresas y consumidores estadounidenses, mientras que solo el 4% correspondió a productores extranjeros, que compensaron reduciendo exportaciones, no precios.

En términos reales, no hubo ningún flujo masivo de capital externo hacia Estados Unidos. Lo que sí hubo fue una nueva transferencia de recursos desde la población hacia el Estado, destinada a sostener pagos de intereses, rescates financieros y el complejo militar-industrial. El discurso nacionalista encubre, una vez más, una política profundamente regresiva.

Tampoco se materializó la prometida recuperación del empleo manufacturero. Durante once de los doce meses del año, el empleo industrial cayó de forma sostenida. La actividad manufacturera cerró 2025 en su nivel más bajo, mientras la demanda global de productos estadounidenses se debilitaba. El ligero aumento de la producción se explicó por una intensificación del trabajo, reflejada en un incremento de la “productividad” del 3,7%, es decir, más presión sobre menos trabajadores.

El único segmento industrial con crecimiento fue el eléctrico, impulsado por el consumo energético de centros de datos y minería de criptomonedas, un fenómeno que no representa una reindustrialización real ni sostenible. Este patrón confirma que el modelo económico dominante prioriza la especulación y la infraestructura digital antes que la producción física y el empleo de calidad.

La combinación de un presidente de la Reserva Federal alineado con Wall Street, una política de tasas artificialmente bajas y una guerra arancelaria que castiga al consumidor interno no fortalece a Estados Unidos, sino que acelera el colapso económico de Occidente. Lo que se presenta como defensa de la soberanía económica es, en realidad, la fase terminal de un sistema incapaz de reformarse sin destruir sus propias bases sociales y productivas.

Cómo el Club Bilderberg creó la Empresa Mundial S.A y empobreció al mundo



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