Por Mente Alternativa
El fin del derecho internacional ya no es una hipótesis teórica ni una advertencia académica, sino un hecho consumado que se manifiesta a diario en la política global. Tal como señala el ideólogo eurasianista Aleksandr Duguin (1), el derecho internacional solo existe cuando hay un equilibrio real entre grandes potencias capaces de defender su soberanía. Cuando ese equilibrio se rompe, las normas dejan de funcionar y el mundo entra en una fase de confrontación abierta, donde la fuerza y la ideología sustituyen al derecho.
Históricamente, el orden internacional moderno surgió con la Paz de Westfalia de 1648, cuando el estancamiento entre potencias europeas obligó a reconocer la soberanía de los Estados-nación. Ese sistema nunca fue universal ni igualitario, pero permitió una cierta estabilidad basada en el equilibrio de poder. Incluso con su hipocresía estructural —donde algunas potencias eran “más soberanas” que otras—, el derecho internacional funcionó mientras las grandes fuerzas se contenían mutuamente.
Ese equilibrio colapsó en los años treinta del siglo XX. La Sociedad de Naciones fracasó, el sistema westfaliano se volvió irrelevante y el mundo se reorganizó en torno a tres grandes bloques ideológicos: liberalismo, fascismo y comunismo. La Segunda Guerra Mundial fue la prueba final de cuál de esos proyectos tenía la capacidad real de imponerse. En ese proceso, el derecho internacional quedó suspendido: la ideología y la fuerza decidieron el destino del planeta.
Tras 1945, la creación de la ONU no restauró un derecho internacional neutral, sino que institucionalizó el equilibrio bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La soberanía nacional se reconocía formalmente, pero en la práctica quedaba subordinada a uno u otro bloque. El mundo funcionó durante décadas bajo esta lógica, hasta que el colapso de la URSS dio paso a una nueva fase: la unipolaridad.
Con el fin de la Guerra Fría, el Occidente colectivo se convirtió en el único polo soberano. Desde entonces, el derecho internacional dejó de ser un marco compartido y pasó a ser una herramienta del poder vencedor. La soberanía estatal se transformó en una ficción jurídica, mientras la globalización liberal y la expansión de la OTAN impusieron un modelo único, presentado como universal e incuestionable.
Sin embargo, ese proyecto unipolar nunca logró consolidarse plenamente. El ascenso de China y el resurgimiento de Rusia impidieron que el dominio occidental se tradujera en un sistema jurídico estable. En lugar de un nuevo orden, el mundo entró en una fase de superposición caótica. Hoy coexisten, simultáneamente, varios sistemas incompatibles de relaciones internacionales: restos del orden westfaliano, inercias del mundo bipolar, el globalismo liberal, la hegemonía estadounidense directa y el emergente mundo multipolar basado en Estados-civilización.
Esta coexistencia de sistemas excluyentes provoca un cortocircuito permanente. Si existen múltiples interpretaciones irreconciliables del derecho internacional, en realidad no existe ninguno. De ahí la sensación generalizada de arbitrariedad, impunidad y caos. Las guerras, sanciones, bloqueos y conflictos híbridos no son anomalías, sino síntomas de un sistema que ha dejado de funcionar.
En este contexto, la probabilidad de una guerra mundial aumenta de forma objetiva. No porque sea inevitable, sino porque la historia demuestra que contradicciones de esta magnitud rara vez se resuelven pacíficamente. Hoy los cinco sujetos principales del conflicto global son claros, señala Duguin: el Occidente colectivo —dividido entre su vertiente liberal-globalista (Soros) y su versión hegemonista neocon (Trump)— y los polos emergentes del mundo multipolar, principalmente Rusia, China e India. El resto de los actores internacionales operan, por ahora, como instrumentos de una confrontación mayor.
La paradoja central es que Occidente posee una ideología coherente, mientras que el mundo multipolar aún carece de una formulación doctrinal unificada. La multipolaridad existe en los hechos, pero no en el derecho ni en la teoría política global. Sin un nuevo marco conceptual, el vacío será llenado por la fuerza.
Si el fin del derecho internacional es un hecho consumado, la única salida posible no es aferrarse a instituciones obsoletas, sino pensar un nuevo orden. Un sistema que reconozca la realidad de los Estados-civilización y permita una coexistencia basada en el equilibrio, no en la imposición. De lo contrario, el mundo no avanzará hacia la paz, sino hacia una lucha planetaria en la que se decidirá, una vez más, quién escribe las reglas y quién se ve obligado a obedecerlas.
Notas a pie de página
- Aleksandr Duguin, en Geopolitika: El fin del derecho internacional y el regreso de la guerra mundial: Por qué ya no se puede contener el caos global actual. 3 de enero de 2026.
Moscú como la Tercera Roma: Siete dispensaciones del ideal ruso, por Aleksandr Duguin