Por Mente Alternativa
La reconstrucción de Ucrania revela con crudeza las prioridades reales de Occidente en el conflicto con Rusia. Así lo expone el analista italiano Roberto Iannuzzi en un artículo publicado por Intelligence for the People, donde sostiene que, mientras la Casa Blanca parece anteponer los negocios a la construcción de una paz estable, las élites europeas hacen todo lo posible por prolongar la guerra mediante financiación ilimitada y una retórica abiertamente belicista. La reciente revelación de que el director ejecutivo de BlackRock, Larry Fink, participó en conversaciones clave entre Estados Unidos y Ucrania junto al secretario del Tesoro y Jared Kushner, despeja cualquier duda sobre lo que realmente está en juego.
Las negociaciones ya no giran únicamente en torno a fronteras, seguridad o soberanía, sino al reparto económico de un país devastado. En este pulso no solo se enfrentan Moscú y Kiev, sino también Washington y sus aliados europeos, una fractura que viene gestándose desde los primeros meses de la guerra. Ya en 2022, el German Marshall Fund advertía que la Comisión Europea carecía del peso político y financiero necesario para liderar la reconstrucción ucraniana, dejando el terreno libre a Estados Unidos. Ese mismo año, Volodymyr Zelensky firmó un memorando con BlackRock para diseñar la hoja de ruta económica del país, sellando la entrada formal del mayor gestor de activos del mundo en el futuro de Ucrania.
Lejos de ser un fenómeno nuevo, la “liquidación” de Ucrania comenzó tras el Maidán de 2014, cuando las reformas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional abrieron sectores estratégicos al capital estadounidense. Empresas agrícolas como Cargill y Monsanto se beneficiaron de contratos millonarios en uno de los mayores graneros del planeta, mientras que la digitalización promovida junto al Foro Económico Mundial facilitó la llegada de gigantes tecnológicos como Apple y Microsoft. BlackRock, directa o indirectamente, posee participaciones clave en estas corporaciones y en las principales industrias del complejo militar-industrial estadounidense, que han obtenido beneficios extraordinarios gracias a la guerra.
Después de ganar con el conflicto, el siguiente paso es capitalizar la venta de un Estado colapsado, empujado durante años hacia un enfrentamiento suicida con Rusia. Para ello resulta fundamental el paquete de reformas neoliberales ya implementadas por el gobierno de Zelensky. En las últimas semanas, la administración Trump ha distribuido a sus socios europeos documentos que detallan su visión para la reconstrucción de Ucrania y el restablecimiento de relaciones económicas con Moscú. El enfoque de Trump es eminentemente economicista: prioriza oportunidades de negocio incluso con Rusia, relegando a un segundo plano la construcción de una arquitectura de seguridad europea que tenga en cuenta los intereses rusos.
Este planteamiento irrita a Bruselas y a varias capitales europeas. El plan estadounidense contempla que empresas de EE. UU. se beneficien de hasta 200.000 millones de dólares en activos rusos congelados para proyectos de reconstrucción, incluido un gigantesco centro de datos alimentado por la central nuclear de Zaporiyia. La propuesta europea, en cambio, buscaba utilizar esos activos para financiar directamente el esfuerzo bélico ucraniano, una medida jurídicamente dudosa y con enormes riesgos financieros, a la que Washington se opone por temor a sabotear cualquier negociación con Moscú. Aunque la UE ha optado provisionalmente por un préstamo de 90.000 millones de euros, los activos rusos siguen congelados indefinidamente, alimentando la tensión transatlántica.
Las divergencias se extienden al ámbito energético. Mientras Trump contempla restablecer el suministro de energía rusa a Europa, Alemania —uno de los países más perjudicados por su interrupción— se opone alegando el régimen de sanciones y el bloqueo definitivo del Nord Stream. Paradójicamente, la Unión Europea ha aprobado eliminar por completo las importaciones de gas ruso para 2027, profundizando su dependencia y debilitando su competitividad industrial.
Esta fractura de las élites occidentales se expresa de forma casi grotesca: mientras Larry Fink negocia con Zelensky la reconstrucción, Ursula von der Leyen y el canciller alemán Friedrich Merz, ambos vinculados al Foro Económico Mundial y a BlackRock, manifiestan su escepticismo frente al plan estadounidense. Sin embargo, lo más inquietante es el clima de histeria belicista que domina el discurso europeo. Las declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, alertando de una guerra inminente con Rusia y llamando a preparar a las sociedades europeas para un conflicto total, ejemplifican una retórica basada en el miedo y no en el análisis racional.
Como advierten analistas como Anatol Lieven o Robert Skidelsky, esta inflación de la amenaza ignora un hecho básico: Rusia ha evitado cuidadosamente cualquier enfrentamiento directo con la OTAN para no escalar hacia un conflicto nuclear. Aun así, las voces críticas dentro de Europa son marginadas o incluso sancionadas, mientras se invoca la defensa de la “libertad” y de una supuesta prensa libre que, en la práctica, no tolera el disenso.
En este contexto, la reconstrucción de Ucrania aparece menos como un proyecto de paz que como un negocio colosal y un instrumento de poder. Estados Unidos busca capitalizar económicamente la guerra, mientras Europa, atrapada en su propia narrativa de miedo, financia un conflicto que socava su estabilidad y su soberanía. La consecuencia es una Europa cada vez más subordinada y una paz cada vez más lejana.