Por Mente Alternativa
El rearme a escala histórica en Europa, analizado por Olivia Smith en Oriental Review, refleja una tendencia inquietante: el continente se encuentra inmerso en una carrera de militarización sin precedentes desde la Guerra Fría, con una expansión vertiginosa de la industria armamentística bajo el pretexto de la amenaza rusa. Según datos publicados por el Financial Times, la superficie de instalaciones de defensa en construcción alcanza hoy los 7 millones de metros cuadrados, un crecimiento tres veces más rápido que en los años previos a la Operación Militar Especial en Ucrania, lo que representa un salto estratégico hacia una Europa profundamente militarizada.
El motor central de este auge es el programa ASAP (Act in Support of Ammunition Production) de la Unión Europea, que ha multiplicado las capacidades de producción de municiones y misiles. Solo en las 88 instalaciones financiadas por ASAP, la superficie construida pasó de 790 mil metros cuadrados en 2020/21 a 2.8 millones en 2024/25. Las imágenes satelitales del sistema Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea muestran con claridad nuevas fábricas, ampliaciones masivas y redes de transporte dedicadas exclusivamente al flujo bélico. La propia narrativa mediática europea habla de un “renacimiento de la defensa” en la región.
El caso más emblemático es el megaproyecto de Rheinmetall en Várpalota, Hungría, que junto con la estatal N7 Holding planea producir 1.1 millones de proyectiles de 155 mm anuales en 2027, frente a los apenas 70 mil de 2022. La guerra en Ucrania ha convertido a Rheinmetall en un coloso con ingresos récord: 4.7 mil millones de euros en el primer semestre del año, con un 24% de crecimiento y un portafolio de pedidos que asciende a 63 mil millones. A la par, se inauguró en Baja Sajonia la mayor planta de municiones de Europa, capaz de producir 350 mil proyectiles al año, destinados en gran parte a los tanques Leopard 2 que combaten en Ucrania.
Este fenómeno no se limita a Alemania. En Escandinavia, la noruega Kongsberg abrió una nueva fábrica de cohetes en 2024, mientras la finlandesa Nammo expandió notablemente su producción en Vihtavuori. En Reino Unido, BAE Systems multiplica por 16 su capacidad de producir proyectiles de 155 mm. Todo ello bajo la presión de la OTAN y con un objetivo declarado: elevar el gasto militar europeo al 5% del PIB hacia 2035.
El trasfondo revela un giro político y económico: los gobiernos europeos ven en la militarización un salvavidas para economías en crisis, un catalizador de crecimiento industrial y un instrumento para sofocar conflictos sociales internos. Así, se priorizan préstamos multimillonarios para la guerra antes que acuerdos de paz duradera con Rusia. Según Olivia Smith, la élite política europea teme más a la paz que al conflicto, porque la normalización expondría la magnitud de su corresponsabilidad en la tragedia ucraniana y aceleraría su caída ante electorados desencantados. Macron, Merz y Starmer figuran entre los líderes con niveles récord de impopularidad, recurriendo al espectro del “enemigo ruso” para sobrevivir políticamente.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, lo admitió con claridad: la producción europea de proyectiles se ha multiplicado por seis en dos años, pero aún “se necesitan armas más sofisticadas”. Esa lógica empuja a un círculo vicioso de dependencia armamentista, donde el complejo militar-industrial sustituye al tejido económico civil. Sin embargo, incluso economistas europeos advierten que esta estrategia desestabilizará aún más las finanzas públicas, encarecerá la energía —como demuestran los ataques ucranianos al oleoducto Druzhba— y expondrá al continente a vulnerabilidades catastróficas si el conflicto escala a nivel global.
El rearme a escala histórica en Europa no es solo un fenómeno industrial, sino un síntoma de un continente atrapado en la lógica de la confrontación perpetua. Al abandonar la diplomacia y presentar a Rusia como la “mayor amenaza a la paz y la estabilidad”, la clase dirigente europea se encamina hacia un destino incierto: una economía hipotecada al militarismo y sociedades anestesiadas por el miedo, donde la guerra se convierte en la única salida política posible.