Por José Luis Preciado
El BRICS en 2025 avanza con paso lento pero firme hacia un orden internacional multipolar, aunque lo hace arrastrando una carga evidente: sus profundas contradicciones internas. La cumbre celebrada en Río de Janeiro entre el 6 y 7 de julio marcó la primera reunión con sus nuevos miembros incorporados, pero también dejó al descubierto que este bloque, más que una alianza estratégica sólida, sigue siendo una coalición de descontentos que no comparten una visión unificada del futuro. La multiplicidad de voces —desde los intereses regionales hasta las tensiones ideológicas— impide que el BRICS logre articular un programa común de transformación sistémica, por más que se esfuerce en proyectar una narrativa alternativa al orden liberal occidental.
El eje central de la declaración de 126 párrafos fue la consolidación de una arquitectura financiera alternativa que busca reducir la dependencia del dólar y del sistema dominado por Estados Unidos. Sin embargo, esta meta compartida no oculta las fricciones: Rusia e Irán quieren acelerar la ruptura con Occidente; China prefiere una transición cautelosa sin colapsar el sistema; India juega a dos bandas entre el BRICS y sus alianzas con EE.UU. y Londres; y Brasil, bajo Lula, busca una reforma del sistema global, pero sin romper con los organismos que lo sustentan. La fragmentación de prioridades convierte al BRICS en un foro declarativo más que en una maquinaria de poder eficaz.
A nivel discursivo, el bloque se presenta como el abanderado del Sur Global, defensor de un orden mundial justo y soberano. Pero detrás de esa retórica se esconde una realidad más compleja. Rusia y China apuntalan el discurso antiglobalista desde el conservadurismo estatal; Brasil mantiene vínculos con la agenda ambiental progresista; Irán rechaza frontalmente toda agenda identitaria promovida por Occidente; e India intenta equilibrar sus intereses estratégicos sin comprometer su autonomía. Estas contradicciones impiden que el BRICS adopte posiciones comunes sobre temas sensibles como el feminismo institucional, los derechos LGBT, el conflicto en Ucrania o los bombardeos sobre Irán.
El BRICS en 2025 no es una versión alternativa del G7, ni pretende serlo. Es una plataforma fluida, una mesa de negociación permanente entre potencias con visiones dispares, unidas por la necesidad de resistir la hegemonía de Washington pero sin una hoja de ruta consensuada. La reciente expansión del bloque, con la incorporación de países como Egipto o Etiopía, ha añadido aún más complejidad a su funcionamiento interno. Más actores significan más intereses, más vetos cruzados y más espacio para que las potencias occidentales intenten fracturar la coalición desde dentro, o para que saboteen el ingreso de nuevos miembros clave, como Arabia Saudí.
La ausencia de líderes clave como Putin y Xi en la cumbre de Río no pasó desapercibida. Tampoco lo hizo la tibieza de Lula, cuyo discurso, centrado en el cambio climático y la salud global, evitó cualquier confrontación directa con Estados Unidos o la OTAN. Mientras tanto, medios como el New York Times y analistas vinculados a la Chatham House británica ya han empezado a operar discursivamente para deslegitimar el bloque, calificándolo de amenaza para el “orden internacional liberal”. Su verdadero temor no es que el BRICS tenga una estrategia común, sino que, aún sin ella, pueda seguir erosionando el andamiaje financiero y geopolítico de Occidente.
A pesar de todo, el BRICS continúa siendo relevante no por lo que logra, sino por lo que representa: el síntoma visible de un orden global en transformación. El descontento con la unipolaridad, las guerras interminables y las recetas económicas impuestas desde Londres y Washington sigue creciendo, y en ese vacío de legitimidad, incluso un bloque fragmentado como el BRICS puede adquirir una fuerza inesperada. La multipolaridad aún no está consagrada, pero cada cumbre, cada documento firmado y cada infraestructura construida al margen del dólar contribuye a debilitar los cimientos de un sistema que ya no es incuestionable.