Oscuro Claro
Más allá de la coreografía diplomática explotada por los medios de masas, la cumbre de Alaska entre Trump y Putin no fue un fracaso: reveló, en clave oculta, múltiples partidas que se juegan en tableros diversos, cuyas jugadas anuncian cómo se está repartiendo el poder global y qué estrategias mantienen con vida a las élites históricas que actualmente se reparten las cartas de la Historia.

Por José Luis Preciado

La lectura pública de la cumbre de Alaska entre Donald Trump y Vladímir Putin, según Foreign Policy y Michael Hirsch, es contundente: fracasó su objetivo más visible, un alto el fuego temporal en Ucrania. Aunque ambos líderes dejaron abierta la puerta a futuras negociaciones y Trump hizo esfuerzos considerables, Moscú se mantuvo firme: Ucrania forma parte de su territorio y no habrá concesiones. Hirsch subraya que la guerra en curso pone en riesgo la estabilidad global y retrasa negociaciones sobre armas estratégicas, mientras Rusia moderniza su arsenal nuclear y desarrolla sistemas avanzados, incluidos misiles hipersónicos y aplicaciones de inteligencia artificial. A la vez, Estados Unidos también ha ganado tiempo: su testaferro ucraniano ya no puede sostener una guerra de desgaste, y Occidente debe moverse con cautela ante el potencial armamentístico ruso.

El análisis de Oleg Tsarióv plantea que, aunque Trump y Putin no alcanzaron un acuerdo formal, sus propuestas sobre Ucrania no difieren demasiado: ambos contemplan el reconocimiento de Crimea y parte del Donbás como rusos y la renuncia de Kiev a ingresar en la OTAN, pero Moscú exige además desmilitarización, desnazificación y el reconocimiento de todos los territorios ocupados, mientras que Trump limita sus condiciones. En paralelo, Washington prepara la Ley Graham como herramienta de presión, Kiev intensifica ataques con drones en la retaguardia rusa, la Unión Europea complica la exportación de petróleo con medidas en el Báltico, y Asia Central y el Cáucaso desafían con mayor osadía. Aunque se espera un avance ruso en verano, Tsarióv considera que las expectativas pueden ser exageradas y que en otoño se definirá el rumbo: nuevas negociaciones, ya sea por agotamiento mutuo o por un cambio radical en el frente, resultan inevitables.

Para entender por qué, de darse, el alto el fuego solo podría ser temporal y por qué esta cumbre es apenas el inicio de décadas de guerras en medio del actual ‘reparto de las cartas de la Historia’, hay que mirar más allá de lo visible y entrar en lo oculto.

La directora del centro de pensamiento Russtrat, Elena Panina, señala que la falta de información clara decepcionó a muchos, pero la cumbre de Alaska no tenía esa tarea. Su verdadero objetivo fue completar la información que solo se obtiene en un encuentro personal entre dos líderes: “Los presidentes llenaron los vacíos de malentendidos acumulados durante la ausencia de contactos directos. Ahora están reajustando la gestión del proceso. Y este proceso no es una revisión de las opiniones iniciales sobre las causas del conflicto, sino un enfrentamiento continuo. Independientemente de Trump, EE.UU. sigue considerando a Rusia un enemigo y un objetivo, y así será siempre.”

Los resultados invisibles confirman dinámicas más hondas que cualquier comunicado, afirma Panina. Quedó claro que el poder de Trump es limitado: cedió a la imposición de Marco Rubio y dejó fuera a J. D. Vance, mientras Rusia equilibró la reunión incluyendo a Serguéi Lavrov, ferviente promotor de la Orden de Malta en Rusia. Trump pretende que sea Rusia quien obligue a Europa y a Zelenski a negociar, manteniendo libertad de maniobra y reforzando su papel de árbitro. Putin, por su parte, consolida éxitos militares y verifica la relevancia de las propuestas de Trump, mientras este ejerce presión económica sobre Europa. La cancelación del almuerzo conjunto demuestra que Putin no cedió, fortaleciendo tanto la influencia externa de Rusia como su posición interna.

En suma, ambas partes ganaron tiempo, evitaron un choque frontal que habría beneficiado al Reino Unido, a la Europa dirigida por la cortesana Von der Leyen y al Partido Demócrata de EE. UU. (incondicional a Londres), conservaron autonomía e iniciativa, y mantuvieron la línea elegida, consolidando tendencias: afianzaron poder, sostuvieron influencia sobre sus aliados, reforzaron las comunicaciones bilaterales y desatascaron la situación sin abandonar sus respectivas estrategias.

La frustración británica se manifestó en The Economist con el artículo “El regalo de Donald Trump a Vladimir Putin”, que acusa supuesta debilidad de Trump sin argumentos reales. La preocupación verdadera radica en que el diálogo directo entre Washington y Moscú erosiona décadas de influencia británica sobre Europa y su rol de “operador de Ucrania” en la UE y la OTAN.

Panina formula una pregunta incisiva: ¿por qué británicos y otros europeos estarían tan inquietos si —como afirman— la cumbre “fracasó”? Porque no pueden decir en público sus verdaderas razones. El debut de Alaska, interpretado por Putin y Trump, anula años de esfuerzos británicos y reactiva el miedo histórico a una nueva “Yalta”: un reparto negociado entre Rusia y EE. UU. sin consultar a terceros, debilitando la capacidad británica de manipular equilibrios europeos y globales, ya que esta vez, es poco probable que los invitados de Londres sean convocados.

Desde una lectura optimista publicada por Executive Intelligence Review (EIR), Dennis Small recuerda que, cincuenta y cuatro años después de que Nixon dinamitará el sistema de tipo de cambio fijo, la cumbre de Alaska ofrece una oportunidad estratégica: reiniciar el diálogo ruso‑estadounidense, impulsar cooperación en exploración espacial y desarrollo del Ártico, y reducir tensiones nucleares, aunque sin anuncios formales. Small insiste en que la vía más corta para frenar la espiral destructiva planificada por las élites de Londres y Wall Street pasa por consolidar los puntos de Alaska y avanzar hacia una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo económico global. Mientras los países del BRICS y el Sur Global exploran mecanismos económicos alternativos, grandes proyectos de infraestructura —como el túnel del Estrecho de Bering— podrían sentar bases de un nuevo orden y prevenir conflictos.

No es casual que actores británicos intentaran impedir la reunión. Gretchen Small reseña cómo Sir Richard Dearlove, exjefe del MI6, expresó alarma: una cumbre Alaska‑Putin podría desembocar en una paz duradera, “peligrosa” para intereses británicos. Su táctica para mantener la guerra consistía en que Alemania financie armamento ucraniano, mientras Marco Rubio y su equipo venden armas que Alemania envía a Ucrania, asegurando continuidad del conflicto bajo batuta británica.

La mirada china, recogida por Global Times, aporta otra capa en este tablero: la primera reunión cara a cara desde el inicio del conflicto ucraniano tuvo alto valor simbólico y diplomático. Expertos chinos subrayan una atmósfera de igualdad, cordialidad y respeto mutuo; ven bases para futuras negociaciones entre Washington y Moscú, sin afectar la asociación estratégica China‑Rusia, y ponderan cómo reconfigurará la geopolítica y la contención estadounidense hacia China.

Hasta aquí lo público y táctico. Ahora saltemos al tablero del sustrato metapolítico, casi siempre omitido por analistas convencionales que subestiman la diplomacia británica y el protagonismo de la aristocracia en el poder global.

A lo largo de su obra, el historiador Andrei Fursov desmonta la idea de que el capitalismo y la burguesía corporatocrática barrieron la aristocracia. ¡Nada de eso! Hubo simbiosis y superposición. Por ejemplo, el 70% de la industria de Alemania Occidental está controlada por familias aristocráticas, directamente o mediante testaferros. La corporación Dutch Shell pertenece a la dinastía Orange, lo cual es relevante porque muestra que la corporatocracia no es una entidad ascéptica y secular. En realidad, las mega corporaciones, los mega fondos de inversión como BlackRock y Vanguard, son propiedad de las familias más ricas del mundo, muchas de origen aristocrático y con fortunas acumuladas incluso antes de la Revolución Industrial.

Hace algunos años, un grupo de científicos con acceso a Orbis 2007 —una base de datos de 37 millones de corporaciones e inversionistas globales— confirmó lo que ya se sospechaba: que un reducido grupo de corporaciones controla el sistema financiero mundial. Tres investigadores del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zúrich (ETH), bajo la dirección del Dr. James Glattfelder, utilizaron supercomputadoras para analizar dicha base de datos y demostraron con precisión matemática que un núcleo de 1,318 empresas concentra el 80% de la riqueza mundial. Los resultados fueron publicados en la prestigiosa revista científica New Scientist.

Fursov denomina “culmen” a cuatro clústeres de poder que se superponen como círculos de Euler desde el siglo XV :

  1. Monarquías del norte de Europa (Windsor, Orange-Nassau, Noruega, Bélgica, etc.)
  2. Vaticano, Habsburgo y aristocracias del norte de Italia (Pallaviccini, Borghese, Orsini, etc.), sur de Alemania, España y Escocia.
  3. Clanes anglo‑estadounidenses y británico‑estadounidenses, incluyendo familias influyentes en la política y economía global (Astor, DuPont, Rockefeller, etc.).
  4. La Tercera Diáspora, involucrada en tráfico de drogas, diamantes y armamento, con influencia geopolítica indirecta.

La supervivencia secular de la aristocracia británica, europea y de ciertas familias estadounidenses se basa en fabricar binomios antagónicos que obliguen a las grandes potencias a enfrentarse entre sí. Así, el Reino Unido —heredero del Imperio veneciano— siempre encuentra un espacio para existir y proyectar poder.

Bajo esta lógica —y con el objetivo último de instalar un gobierno mundial unipolar— Gran Bretaña impulsó la guerra delegada contra Rusia a través de Ucrania, anclando a Washington a su estrategia en Europa del Este. El siguiente paso, un viejo objetivo de la aristocracia británica y los Habsburgo, es arrastrar a la Unión Europea a un choque frontal con Rusia.

Carlos de Habsburgo-Lorena califica la destrucción de la Federación Rusa como objetivo principal de la política exterior europea

Lo que ocurre en Ucrania actualmente —incluida cualquier pausa— es apenas el prólogo de lo que viene. La misma dinámica se trasladará al Cáucaso y otros escenarios bajo la doctrina Trimarium, intentando arrastrar incluso a Turquía a un enfrentamiento directo con Rusia. La rusofobia, según el economista Serguéi Gláziev, es el último recurso de una élite europea en decadencia, que prioriza la confrontación con Rusia sobre el bienestar de sus pueblos.

El objetivo final de este ciclo de guerras es sabotear la integración euroasiática y frenar la consolidación del orden multipolar personificado por los BRICS, liderado por China y su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Por ello, los próximos veinte o treinta años, según el patrón conceptual definido por el historiador Fernand Braudel y actualizado por Fursov como “el reparto de las cartas de la Historia” (1), alude a un ciclo prolongado de conflictos sucesivos.

Fursov advierte que estos conflictos dispersos reflejan ciclos sistémicos del capitalismo donde las élites metapolíticas se reparten el mundo, encaminando al siglo XXI hacia un orden multipolar basado en macroregiones encabezadas por Estados-civilización, es decir, formaciones imperiales. La arrogancia del hombre contemporáneo, programado para concebir a partir del pensamiento neoliberal de falsa bandera, y que hasta hace poco se empeñaba en creer que las guerras mundiales “son cosa del pasado” ignora estos patrones y que la transición hacia un nuevo orden global siempre ha sido marcada por la violencia prolongada.

En este gran juego, EE. UU. ya no puede imponer su voluntad como antes. La resistencia rusa, el apoyo chino y la desobediencia global evidencian su declinación estructural. Washington enfrenta un desajuste brutal entre expectativas y realidad; incluso Trump, que proyectaba control absoluto, ahora negocia desde el desconcierto, volviéndose impredecible y peligroso.

Ante este panorama, quien piense en binomios de izquierda/derecha o buenos/malos queda fuera de juego, pues el poder mundial se disputa en tableros multidimensionales —algunos ocultos. Y es precisamente esa capacidad de moverse en múltiples planos, además de sus rasgos ocultistas, lo que ha permitido a ciertas familias aristocráticas conservar su poder incluso tras la caída de las monarquías absolutas.

El culmen ocultista de Occidente impulsó a Hitler y hoy sostiene al régimen neonazi de Kiev y al régimen sionista de Tel Aviv, responsable del genocidio palestino en Gaza. Las raíces imperiales británicas del sionismo político están ampliamente documentadas, y el sionismo nunca buscó salvar al pueblo judío, sino garantizar el triunfo del imperialismo anglosajón vinculando a los judíos a ese proyecto.

Documentos históricos muestran cómo banqueros estadounidenses y británicos impulsaron la Segunda Guerra Mundial mediante la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra, buscando instaurar un modelo fascista paneuropeo para destruir la URSS. Al fracasar Hitler ante los rusos, las potencias anglo‑estadounidenses intervinieron directamente, asegurando control del continente y apropiándose de la narrativa de la derrota nazi a través de propaganda producida de centros de pensamiento y universidades occidentales, y amplificada por la fábrica de mitos de Hollywood.

Esta dinámica explica por qué algunas familias del culmen ocultista occidental pueden impulsar proyectos opuestos —orden liberal ultraglobalista y cuasimodelos para desmontarlo— a la vez. El objetivo es sintetizarlos con el tiempo para beneficiarse del juego de dualidades “dividir para conquistar” u “orden a través del caos”, asegurando influencia en la nueva realidad multipolar. Fursov advierte: “Las cartas de la Historia se reparten muy pocas veces, y las de triunfo suelen quedarse en las mismas manos.”

¿Qué acordaron las élites occidentales durante una supuesta reunión secreta en el histórico Puerto de Trieste​, en el noreste de Italia?

Este modo de actuar resulta incomprensible para quienes piensan en términos binarios, reduciendo la realidad a falsos polos excluyentes. Frente a esa lógica limitada, la coincidencia de los opuestos de Nicolás de Cusa ofrece una visión más profunda que la dialéctica hegeliana mal aplicada por el culmen, pues reconoce que los contrarios convergen en un nivel superior de unidad. La aplicación del concepto de Cusa permitiría articular estrategias aparentemente contradictorias e invitar a superar la polarización, reconociendo la coexistencia y complementariedad de los opuestos.

Y aunque el tablero de lucha entre las élites del mundo esté fuera del alcance de la mayoría, y aunque ninguna sociedad puede alcanzar una justicia absoluta, pues toda forma organizada presupone jerarquía y, por lo tanto, una inevitable limitación de la justicia social, la Historia muestra que los pueblos también pueden influir en su curso. Para ello se requiere unidad organizativa, visión estratégica a largo plazo y, sobre todo, despertar de la somnolencia hedonista y del individualismo materialista y nihilista inducidos por ese mismo poder ocultista a través de pseudoideologías y operaciones psicológicas.

El libro de esta Historia apenas comienza, y enfrentaremos sus tediosas y violentas páginas durante buena parte de nuestras vidas. Fursov vislumbra qué ocurrirá después de 2030 si no hay catástrofe global: el culmen occidental maltusiano-despoblacionista probablemente canalizará su frustración en la lucha de clases, buscando “devorar” a la clase media, tal vez de manera similar a como lo intentaron durante la crisis sanitaria manufacturada, previa al conflicto ucraniano.

El siglo XXI estará marcado por luchas sociales, políticas y económicas a todos los niveles, tanto dentro de las élites que buscan mantener su hegemonía (aunque sea de manera parcial) como entre las clases sociales media y baja y entre las élites y las clases media y baja. Por ello, en los próximos veinte a treinta años, lo que nos une es preservar nuestra identidad y el código cultural y civilizacional heredado, el cual quieren arrebatarnos, junto con nosotros mismos, mientras el orden global se reconfigura bajo presiones históricas, económicas y militares. La cumbre de Alaska es apenas un anticipo de esta reconfiguración: Ucrania es un tablero de ensayo, se abrirán nuevos frentes de guerra, y lo que sigue definirá la geopolítica de décadas.

Es necesario comprender la situación sin caer en el pánico, y asumir que nada volverá a ser como antes en el mundo multipolar que emergerá tras esta violenta coyuntura inducida por la convergencia de crisis macrohistóricas de carácter geoclimático, civilizatorio y del propio modelo de producción capitalista, así como por el caos manufacturado por el culmen ocultista de Occidente con fines estratégicos. Si este proceso no desemboca en un evento de extinción masiva, el escenario resultante quedará dividido en macroregiones económicas o Estados-civilización —como las denominan algunos ideólogos del eurasianismo—, es decir, formaciones imperiales tan hipertecnologizadas que algunos se refieren a ese nuevo mundo como un neofeudalismo de alta tecnología. Ante ello, se requiere la voluntad de resistir y de edificar una nueva sociedad con la mayor justicia social posible dentro de nuestro propio espacio histórico y cultural.

Notas a pie de página

1. En su obra “Fernand Braudel y las ciencias humanas” (Montesinos, 1996), el sociólogo mexicano Carlos Antonio Aguirre Rojas, recuerda que las coyunturas de la Historia (a las que el historiador Fernand Braudel se refería como temporalidad de “mediana duración”), son situaciones de transición, como las intermedias, que duran varios años, lustros e incluso décadas, y que se verifican cuando un viejo orden se derrumba y el nuevo aún no ha tomado forma. La concepcion braudeliana del tiempo podría resumirse como de corta, de mediana y de larga duración. En la primera, Braudel coloca los sucesos que se inscriben en lo événementiel o lo acontecido, del que dan cuenta cotidianamente los periodistas. En cuanto al tiempo de mediana duración, Braudel coloca a las “coyunturas” económicas, políticas, sociales, culturales, etcétera, que se extienden por varios años, lustros e incluso décadas, y en donde se dibujan las diferentes “generaciones” humanas. Por último, en las estructuras de larga duración histórica, se recorren siglos pendular y lentamente, los cuales “corresponden a esas realidades persistentes dentro de la historia que hacen sentir efectivamente su presencia en el decurso de los procesos humanos, y que al establecer los límites de lo posible y lo imposible se constituyen como verdaderos protagonistas determinantes del devenir especifico de las sociedades”.

¿Cómo es que quienes han controlado el mundo durante los últimos 300-400 años ahora quieren cambiarlo?

 



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